AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS (Cuando pensábamos que éramos hermafroditas)

Me he encontrado en varias ocasiones sentada alrededor de una mesa con queridas amigas o apreciadas conocidas, hablando y tomándonos unos detalles y unos chupitámenes, cuando de pronto se abalanza sobre nosotras EL TEMA. Los mozalbetes, las mozalbetas, lo que sea, EL AMOR, pensarán ustedes y ustedas (como dirían en la Comisión Feminista del 15M). No. Plas. Sopapo. Error.

Una amiga me contó que, en una comisión feminista del 15M, un Erasmus cándido y atorado, en su angustia por no fallar en ningún momento de su discurso igualitario (nosotros y nosotras, luchadoras y luchadores, y ASÍ HASTA LA ESQUIZOFRENIA), dijo “Porque si nosotras y nosotros tuviésemos O TUVIÉSEMAS…”. Pobre cordero. En la imagen, la portada de un fanzine feminista que se me ocurrió una vez. No se me ocurrió nada del contenido, sólo la portada.

Una amiga me contó que, en una comisión feminista del 15M, un Erasmus cándido y atorado, en su angustia por no fallar en ningún momento de su discurso igualitario (nosotros y nosotras, luchadoras y luchadores, y ASÍ HASTA LA ESQUIZOFRENIA), dijo “Porque si nosotras y nosotros tuviésemos O TUVIÉSEMAS…”. Pobre cordero. En la imagen, la portada de un fanzine feminista que se me ocurrió una vez. No se me ocurrió nada del contenido, sólo la portada.

Créanme: Por propia experiencia puedo decir que una de las cosas que más se habla entre mujeres que ya han logrado una cierta intimidad y, en ocasiones, un cierto grado de ebriedad es LA PUBERTAD. Ya se pueden tener 20 o 30 años (a partir de ahí ya no sé bien de lo que se habla, pero, si este blog, lectores maravillosos como ustedes y WordPress gratuito mediante, se mantiene con vida, ya sea solito o con la grata respiración asistida de los remajos NOTODO , lo contaré) que cuando alguien dice: “pues a mí, cuando me vino la regla…” viene un dragón a toda prisa, se nos come y nos regurgita como mujeres feromonadas, transpirando estrógenos (¿Estrógenos? Siempre dudo) y sacando tetas para contar nuestra primera sangrita. Pero la menstru no es la chica de la que vamos a hablar hoy. La menstru que se siente, que ya la sacaré a bailar un día, ya. Yo de lo que quiero hablar es de una cosa realmente oscura e inquietante. Para provocar este fenómeno paranormal, sólo hay que hacer lo siguiente: Una mira a las demás a los ojuelos con intensidad (porque no es moco de pavo lo que está a punto de confesar) y les dice “Pues yo, cuando empecé a desarrollarme, pensé QUE ME ESTABA CONVIRTIENDO EN HOMBRE”. Plas. Y se queda callada, con el corazoncito en un puño. Y, no siempre, por supuesto, pero sí en muchas ocasiones, una o dos más dicen “A mí me pasó un poco lo mismo, sí”. Y de pronto aquello parece un “Oh, capitán, mi capitán”, un clubsito de poetas muertas que reconocen que ellas también vivieron un Boys don’t cry rapidito y angustioso en sus cabezas onceañeras (en las Hespérides nos desarrolllamos pronto) o treceañeras ( ¡Chicas norteñas, esta va por vosotras, yíja, lacón con grelos, primera regla a los quince, yíja!).

"Yo también pensé que me estaba convirtiendo en hombre"

“Yo también pensé que me estaba convirtiendo en hombre” “Y yo” “Y yo”

No le daba yo mucha importancia a esto del encuentro espiritual hermafrodita hasta que, un día, en una de esas conversaciones madre-hija que se ven en los anuncios de Vaginesil y que de vez en cuando tenemos mi señora madre y yo, mi mamasita me confesó que ELLA TAMBIÉN, EN SUS AÑOS DE PRIMEROS PELITOS, PENSABA QUE SE ESTABA CONVIRTIENDO EN UN HOMBRE. Ahí tuve un pequeño desmayo y me encomendé a la Virgen de Candelaria, que es la patrona de mi tierra y tiene la cara muy hombruna, todo hay que decirlo. Y me puse a pensar: En el caso de mi madre, esa bella mujer de “ojos como dos charcos”, que le dijo una vez un borracho, es normal esta paranoia pubescente. Y es que imagínense por un momento, hermanas de generación criadas a golpe de “¿Qué me está pasando?” y Lorena Berdún, nacer en la década de los 50, cuando la Lore aún no era ni un pensamiento en la cabeza de su madre, y que nadie le explique a una las verdades de la vida convenientemente ni (esto es lo peor) las pueda ver por la tele.

"¿Qué me está pasando?" Edición de bolsillo YA!

“¿Qué me está pasando?” Edición de bolsillo YA!

En el caso de mi madre, es NATURAL y casi diría yo que sano pensar eso. Si nunca has visto a una mujer desnuda, y los únicos pelos corporales que ves son los de la sobaca de tu padre cuando se pone camisa habanera, pues, chica, qué vas a pensar.

Mi madre sonreía, pero en el fondo estaba aterrorizada, como muchas de nosotras.

Mi madre, monísima, en los tiempos en los que pensaba que se estaba convirtiendo en un hombre. Sonreía, pero ya saben que la procesión va por dentro.

Pero lo extraño es que esto nos sucediese a las hijas de la liberación sexual, las nenas que volvimos, Stradivarius mediante, a la falda a la rodilla porque la minifalda ya no tenía interés ninguno para nosotras. ¿Por qué pensábamos nosotras que nos estábamos convirtiendo en hombres? Doy un golpe en la mesa y se me ponen los ojos llorosos mientras formulo esta pregunta con un grito flojito para que no se asuste el gato.

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El gato sufriendo al recordar su oscuro pasado. Él, curiosamente, sí que sufrió en cierta forma este problema del que tratamos hoy, ya que ahora es Gocho, un macho alfa castrado, pero en su infancia, criado por una señora que lo alimentaba con natillas, fue (redoble de tambor) sencillamente MIMÍ, una minina encantadora.

Me acuerdo de tener once años y dormirme pensando en cómo podía decirle a mi madre: “Algo no va bien”, y me entra EL MAL. Lo cierto es que esas niñitas confusas que éramos no teníamos ninguna razón real para sospechar que íbamos camino de ser un monstruito sexualmente indefinido tipo Mark Owen. Todo, aparentemente, iba bien, y seguía el curso que marcaba Edebé en su librito de Conocimiento del Medio: crecimiento de pechos, ensanche de caderas y blablablá. Entonces, ¿por qué? La respuesta la encontré en conversaciones con amigos varones. Yo, obsesiva como soy, intenté mantener la clásica conversación de LA PUBERTAD con mis amigos hombres. El resultado: muchas risas, mucho pasarlo bien, pero, si nos poníamos a concretar, la charleta se volvía vaga y confusa. ¿Por qué? Porque, sorprendentemente, la mayoría de los chicos, NO SE ACUERDAN del día en el que miraron sus genitales y dijeron: “Oh, Diosito, estoy echando pelo”. Yo, al verles negar con la cabeza y poner cara de “no, lo siento” mientras les obligaba a someterse a una hipnosis regresiva, ya de paso para dejar de fumar y de quedar por Badoo de forma compulsiva, me desesperaba. Sólo una vez conseguí que un chico hiciese el esfuerzo de rememorar su despertar sexual, y la historia que me contó, que era una cosa muy Jodorowsky, con matanza del cerdo y toqueteos en la bañera de por medio, me volvió tan loca que le rompí el frenillo. Así de ansiosa y desmañada era yo en mis años mozos. Sé que en unas horas me arrepentiré de esta confesión, pero Palomitas en los Ojos, ese cultivado y amado bloguero que todos queremos ser, con sólo cinco posts cagaos que llevo, ha tenido a bien adscribirme a la corriente la La Nueva Sinceridad (Lo pueden leer aquí), y tengo que seguirle el rollo y regalar mucha carnaza para que me siga ajuntando.

Hombre desmayado después de leer lo del frenillo.

Hombre desmayado después de leer lo del frenillo.

¿Y por qué los mozos no se acuerdan, y nosotras, en cambio, nos sabíamos cada pelo y cada centímetro nuevo que íbamos adquiriendo? Aquí no tengo más remedio que teorizar a ciegas, ponerme un poco Diosa Gea que sentencia con música de Enya de fondo: La pubertad de los hombres es más gradual, pasa más desapercibida, y se le da mucha, muchísima menos importancia. En cambio, la pubertad femenina es como un Big Bang loco y a la vista de todos. Es escarnio y observación constante, por muy ancha que te quedase tu sudadera de Fido Dido. Imaginen la cara de Chabeli cuando escuchó por primera vez que su padre le había compuesto una canción titulada “De niña a mujer”.

Chabeli Iglesias, o cómo quedarse tonta forever tras un ataque muy fuerte de bochorno.

Chabeli Iglesias, o cómo quedarse tonta forever tras un ataque muy fuerte de bochorno.

¿Sienten ese rubor y ese tierratrágame? Pues así, en ese estado de Bochorno Chabeli, viví yo de los once a los catorce. Esta teoría barata de Big Bang con fondo musical de Enya viene a explicar el porqué de la sospecha de hermafroditismo o de, directamente, conversión “de niña a macho men”. La sensación de cambio es tan trastornante, tan explosiva, y duele tanto (porque a veces parecía que si te daban un codazo flojito en Educación Física te iba a reventar una teta e ibas manchar a todos de petit suisse, que es básicamente de lo que deben estar rellenos los pechos de las chicas nacidas en los años 80) que en las mentes de las nenas un pelín hipocondríacas no hay lugar para pensamientos sanos como “Esta es la aventura de convertirse en mujer”. Para féminas con un mínimo de tendencia a la obsesión, la cosa es más bien un “Elige tu propia aventura” en el que detrás de cada cascada, camino abandonado o túnel del tesoro, tanto si pasabas a la página 5 como a la 40, estaban esperándote todo tipo de monstruos en los que podías transformarte, desde un hermafrodita griego rosado y regordete, de esos que lo petaban en Grecia, a, directamente, un paisano con barba. Si esto lo aderezabas con algún que otro enamoriscamiento de una amiga cercana, ya estabas jodida.

Ya saben a lo que me refiero.

Ustedes ya me entienden…

El auténtico detonante de mi terror a ser un hombre de aspecto femenino con genitales masculinos no descendidos fue un documental que vi con mi padre sobre personas intersexuales. Tenía once años y la mosca detrás de la oreja. Y, de pronto, en aquel documental del Averno, dijeron: “En muchas ocasiones, la condición intersexual no se percibe hasta el momento álgido del desarrollo. Muchas niñas intersexuales tienen un desarrollo femenino aparentemente natural”. Lo que venía a decir ese voice over cabrón (castellano potente, mientras, a lo lejos, se oye una vocecita americana diciendo lo mismo) era “Si aún no te ha venido la regla, échate a temblar, porque puedes estar entre las filas de las de los huevos para dentro, pero cuando hacen plop ya no hay stop”. Lo escuchamos en silencio, en actitud fingidamente distendida (yo acojonada por dentro, expresión que viene al pelo). No dijimos nada, pero a mí se me quedó apuntadísimo en el cerebelo. Cuando un par de meses más tarde, ese mismo verano, salí del cuarto de baño del camping pálida y temblorosa, pero muy aliviada, y le dije a mi padre “Creo que me ha venido la regla”, él, sin saber muy bien qué decir, pero haciendo gala de ese humor negro que le caracteriza, acudió a las enseñanzas de aquel documental y me soltó: “Qué bien. Así ya sabemos que no eres hermafrodita”. Así que él, todo ese tiempo, había visto en mis gestos y mis expresiones faciales, porque yo no soltaba prenda, que vivía aterrorizada por eso. Cabrón. Me eché a llorar. Final feliz.

Mi padre. Si tiene la paciencia y la cabeza para hacer esta escultura sin ningún tipo de clavos ni sujeción, ¿cómo no iba a pillar al vuelo mi paranoia secreta?

Mi padre, ese ser que las pilla todas a la chita callando. Si tiene la paciencia y la cabeza para hacer esta escultura sin ningún tipo de clavos ni sujeción (sólo una vez usó un clavo, y se pinchó), ¿cómo no iba a pillar al vuelo mi paranoia secreta?

Últimamente he tenido algún que otro encontronazo con un hombre terrible. Nuestra relación es de colegueo puramente laboral, aunque yo quitaría el colegueo y dejaría el puramente laboral a secas. Es de estos tíos cansinos que jamás pasarán antes que tú por una puerta, siempre tú delante, pero que en realidad lo que hacen es disfrazar machismo agotador y paternalista con caballerosidad, y te llevan a la náusea. Hace un tiempo, refiriéndose a un grupo de chicas que entraban en ese momento por la puerta y que debían de venir a un casting, preguntó a otro compañero varón: “Tío, ¿esas chicas que han venido son para el cásting? Porque no están muy buenas, ¿no?”. Cuando se percató de que yo estaba escuchando la conversación, me dijo: “Joder, tía, lo siento, me vas a matar por lo que he dicho. Lo siento, lo siento”. De nuevo esa caballerosidad de puaj. Me encendí por dentro, le dije nosequé y me salí a la escalera de incendios para que no me diese un mareo de rabia. Pero lo que tendría que haberle dicho es: “A ver, tío, no tienes NI PUTA IDEA. ¿Te crees que no tengo ojos? ¿Te crees que no sé cuándo una tía está buena y cuándo no? Lo sé perfectamente, y, es más, también yo podría haberlo comentado igual que tú lo has hecho. Cállate y no me des más la brasa, porque no te enteras de nada y no sabes nada de mi vida ¿No ves, hijodeperra, que yo HE SIDO HERMAFRODITA?”. Y allí me quedé, en la escalera de incendios, ya con la rabia remitiendo y empezando a descojonarme con el discurso interno.

¿NO VES QUE YO HE SIDO HERMAFRODITA?

¿NO VES QUE YO HE SIDO HERMAFRODITA?

La conclusión que he sacado de todo esto, es que, a pesar de que en aquel momento, reglosa y llorosa, supiese respirase tranquila al saber al fin que era UNA MUJER DE VERDAD, esta afirmación poco a poco se ha ido desdibujando con el tiempo. Ese tiempo hermafrodítico que viví únicamente en mi mente me llevó a no poder ser nunca más una mujer de verdad en el sentido estricto de la palabra. Porque amigos, amigas y amigues, las mujeres de verdad, como los hombres de verdad, por mucho que algunos finjan que sí, NO EXISTEN. Pero eso ustedes ya lo sabían.

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9 pensamientos en “AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS (Cuando pensábamos que éramos hermafroditas)

  1. lsal dice:

    Muy queer todo. Según iba leyendo, mi condición de lector empantallado-hipertextual-tecnoestresado me remitía anarco-espontáneamente algún que otro link que quiero compartir con usted:

    1.- Una señora molona que me recuerda a usted aunque en plan más anarcobollofeminista: http://fuckmeimtwee.blogspot.com.es/ / https://twitter.com/teclista (otra loca de la ortografía, aunque ella siempre escribe en femenino plural)

    2.- Otro documental de disfrute en el Averno, aunque esta vez más trans que inter: http://www.youtube.com/watch?v=wYnUU6wFgJA

    3.- Más Mierda Hipster: http://fuckyeahsexohipster.tumblr.com/

    Por último, le ofrezco mi testimonio: como hombre no recuerdo el momento en el que me mi cuerpo empezó a cambiar. Como marica, creo que todo el mundo debería escribir en un folio el momento en el que se puso la falda de su madre o los zapatos de tacón de su hermana y leerlo el día de su entierro en modo festivo. No sangramos, pero el proceso de transformación es el mismo.

    • Sopapo dice:

      Yo, como marica, también opino lo mismo que usted. Y, como mujerzuela, le digo que sí, que me resulta extrañísimo que un niño que empieza a cubrirse de pelo de una forma tan salvaje en cuestión de dos-tres años debería darse cuenta de ello, pero sigo fascinada por el hecho de que esto no sea así. Sé que el proceso de transformación es igualmente tremendo, pero, entonces, ¿por qué casi ningún joven recuerda el día de su primer pelo? Necesito encontrar una explicación.

      Las páginas a las que me ha remitido me han resultado realmente enriquecedoras, a pesar de que odio lo del femenino plural; una vez me compré la continuación de Mujercitas -soy muy fan-, o más bien una continuación anarcobollo de una escritora anarcobollo, y TODO EL LIBRO estaba escrito así, así que lo dejé tirado en un banco.

      Y, y he aquí lo más importante de mi respuesta, le ruego encarecidamente que, si dispone de ese folio del que habla, escanéelo. No queremos esperar a su entierro, queremos leerlo YA.

  2. Colmillitos dice:

    Ay querida, cómo me alegro de no haber visto el documental de marras y haberme ahorrado un lustro de angustia intersexual!

    Y yo sí me acuerdo de mi momento (será porque soy chica), y recuerdo a mi madre señalándome el plumón y comentando que me hacía mayor. Y al año, tarta de queso…

  3. A mi una palabra que me gusta mucho y que te la regalo es la de “semenarquia” que se puede utilizar en muchas ocasiones pero que viene ideal en la frase: “es que no se le da la misma importancia a la menarquia que a la semenarquia”… yo tampoco acuerdo el día que eyaculé por primera vez pero me acuerdo la primera vez que vi eyacular y fue un amigo mayor que teníamos que se hizo una paja delante de nosotros… yo vomité, pero creo que fue porque me sentó mal esas leches cargadas de grasa y Eko que me daban de merendar…

  4. Sopapo dice:

    SEMENARQUIA es un regalo divino. Y tu pota con Ekos eyaculatorios más. Gracias, palomitasenlosojos. Sabes lo que me gusta.

  5. Cesar dice:

    Ay, es que he pasado por tantas emociones al leer esta entrada… y los comentarios! que ya no se que decir. Yo creo que los chicos estabamos mas impresionados con VUESTROS cambios, que ademas venian antes que los nuestros. Yo me acuerdo de la primera vez que un amigo se saco el miembro en para que nos creyeramos que tenia erecciones torcidas o ‘arqueadas’. Ninguno supimos que decir. Creo que todos seguimos impresionados 🙂 O el que amontonaba pelos pubicos en el pupitre para ‘rociarlos’ sobre la bella dama del pupitre de enfrente O… bueno, paro jeje. Un abrazo!

    • Sopapo dice:

      Recuerdo aquel jueguecillo de echar pelo púbico sobre el pupitre de la chica que te gustaba. En realidad creo que era un primer acercamiento a la fecundación, al “pongo una semilla en ti”. Si lo piensas bien, es bonito. Si lo piensas mal, es un primer acercamiento al lefazo en la cara. En otro orden de cosas, ¿hacia dónde arqueaba tu colega?

  6. nadia dice:

    em yo tengo un pensamiento algo asi solo q yo tengo mi vagina extraña tengo mi coño pero tengo 2 pedasos de carne q paresen 2 genitales de hombre solo que a mi si me baja la regla y es extraño por que yo de niña me jalaba mi vagina y por eso sucedio por eso kiero saber si lo soy o no? por favor sufro demaciado con ese pensamiento

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