TODAS GORDAS TODAS GORDAS

Esto que voy a contar me ha sucedido hoy en una de las escaleras no mecánicas de la estación de Nuevos Ministerios. Les sitúo: Es por la mañana, el sol despunta en el horizonte, alumbrándolo todo, pero por estos mundos subterráneos que hay que recorrer para ganarse el pan rallado, el sol no alumbra nada y ya está todo el mundo hasta el coño. Todos menos un par de personas que aún conservamos la emoción por algo inconcreto que nos está esperando en la vida, no sabemos qué, y mantenemos la expresión bobalicona de los que son dejados fuera del vagón cuando se bajan para dejar salir a la gente.

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Dos tontainas que aún mantienen la ilusión

Yo, cuando siento que la urbe me come y soy injustamente dejada fuera del vagón, me pongo a pensar en un verano en el que trabajé de teleoperadora en la zona del Ramón y Cajal. Como soy de natural desastril, a la salida solía equivocarme y cogía líneas de Cercanías que no me correspondían, o que me llevaban de Magical Mistery Tour durante una hora antes de llegar a Madrid. El tren solía ir vacío, y yo iba tumbada en los asientos, asustada y aventurera como Ana de las Tejas Verdes, sin saber muy bien si iba a llegar algún día a casa, con mi mochilita haciendo de almohada. Desde esta privilegiada posición disfrutaba de la Meseta Central en todo su esplendor: venga campo, venga pinos, venga encinas, venga atardecer naranja, y, de pronto, aparecían los corzos.

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¡CORZOS…!

Fascinada quedaba con esos animalejos después de horas encerrada en una nave industrial con un pinganillo adosado al cráneo. Mi trabajo de aquel momento consistía básicamente en preguntarle a la gente si sufría obesidad, si había tenido depresiones o tentativas de suicidio. En caso de que la respuesta a alguna de estas tres preguntas fuese afirmativa, tenía que decirles que lo sentía, pero que la compañía no podía ofrecerles un seguro a su medida. Así que imaginen cómo volaba mi espíritu cuando veía a esos bichos preciosos mirando el paso del tren, o huyendo de él con sus patitas finas de Barbie. En ellos pienso cuando, en mañanas como las que hoy relato, “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres” (Hagan memoria, entraba en Selectividad) .

Dámaso Alonso. Selectividad.

Dámaso Alonso (Selectividad)

Pensando en mis corzos estaba cuando, al comenzar a subir la escalera gris que es el ecuador de mi periplo hacia el currele, me encontré en ese clásico atasco de piernas que suben con pereza, de gente que no está avanzando realmente. “Señora, usted no está subiendo, sólo está bailando una bachata flojita en ese escalón para que los de atrás pensemos que sí”. A veces es bonito estar así todos juntos, haciendo que subimos una escalera pero sin subirla, meciéndonos. Es como una cuna gigante en una guardería comunal: todos juntos, nos adormecemos y volvemos a ser niños.  Llega una al curro diciendo chorradas, enamorada de los demás. Ya estábamos todos (todas, porque éramos casi todas mujerzuelas) meciéndonos y avanzando de a poquito, cuando de pronto se oye un ruido raro, como un bufido de desesperación, pero con grito al final. Miro hacia atrás y veo que proviene de un señor que está abajo del todo, un loco de los de los tebeos, con gabardinita y ojos trastornados. Sólo faltaba encasquetarle el gorro de papel de periódico en la cabeza.

Ojos trastornados

Y de pronto la voz, su voz, empieza a oírse cada vez más fuerte. ¿Qué ? ¿Qué dice? “No puede ser – me digo a mí misma- NO PUEDE SER”. Pero sí que puede ser, y ES. Lo que el señor locuelo dice, jaleándonos para que caminemos más deprisa es: TODAS GORDAS, TODAS GORDAS. Veo angustia en los ojos de la señora que sube a mi lado. Es muy baja, de caderas anchas y culotetas generoso. Se tira de la rebequita para abajo, así como para tapar culamen. TODAS GORDAS, TODAS GORDAS – sigue gritando el lóquer con su voz de ultratumba. Lo curioso es que al grito de TODASGORDAS, empezamos a avanzar de verdad, a subir como campeonas, haciendo fuerza con el culo para endurecerlo, metiendo tripa. Ya estamos, ya hemos llegado arriba de la escalera. Antes de alejarme de las que primero fueron mis compañeras de balanceo absurdo, y después mis hermanas de la humillación, oigo a dos de ellas, de unos sesenta y algo años, teniendo la siguiente conversación:

– Bueno, todas tenemos lo nuestro.

– ¿Qué dice? Si usted está estupenda.

Y se van cada una por su lado. Son dos desconocidas que, a raíz de lo sucedido, se han puesto a disputarse el puesto de TODAGORDA MODESTA. Me estremezco. El Ogro Todasgordas ha abierto la CAJA DE PANDERO (qué malo, pero es que iba al pelo).

Abriendo la CAJA DEL MAL

Estamos perdidas. Nos espera un día de inseguridad y desazón con nuestros cuerpos. Y entonces EL MAL viene a mí, y recuerdo cuando me crecieron las caderas de golpe, de un día para otro. Una noche sentí un dolor raro en lo alto del muslo. Me quedé despierta horas y horas, espantada, viendo cómo aparecía en mi piel una línea fina y blanca. Intento pensar en otra cosa, pero no soy capaz de quitarme de la cabeza esa primera estría. Intento espantar el mal pensando en mis corzos de aquel verano, pero TODAS GORDAS, TODAS GORDAS, TODAS GORDAS, TODAS GORDAS…

TODAS GORDAS, TODAS GORDAS, TODAS GORDAS…

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5 pensamientos en “TODAS GORDAS TODAS GORDAS

  1. Víctor dice:

    Hasta que ha aparecido el ogro me tenías flotando como sabe hacer Shin Kyung-Sook, luego ya descojone a raudales. Y sobre TODASGORDAS solo me queda expresar mi disgusto con esta sociedad que hace diosas a las mujeres más flacuchas, mansas e infantiles.. y demoniza al resto.
    Me gustó muchísimo, querida.

  2. vanesimonca dice:

    Qué relato más emocionante Sabi, me ha encantado!. He pensado por un momento que se trataba de un flashmob y que de repente iba a sonar por un altavoz Javier Gurruchaga y era una especie de broma tontona…

  3. Qué risa, nena, ¡qué fan del momento bachata!

  4. cultureate dice:

    Qué fantástico. ¡Saca un libro ya!

  5. eladecastro dice:

    También recuerdo mi primera estría. Ahora, si las voy siguiendo con un boli, surgen dibujos y puedo leer mi futuro en ellas.

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