Pero si no sabes dónde estoy (El año que chateé con desconocidos)

Vivo en un edificio grande (8 pisos, 4 viviendas por piso) que,  a su vez, está flanqueado y rodeado de otros tantos edificios grandes, con cierta pretensión burguesa y portero físico,  casi todos construidos alrededor de los años 60, cuando el barrio de Arganzuela decidió dejar de ser una zona industrial y se convirtió en un barrio-pueblo tierno y sucio.

Antiguos edificios industriales conviviendo con viviendas en el distrito de Arganzuela.

Antiguos edificios industriales conviviendo con viviendas en el distrito de Arganzuela.

Algunas de las estancias de mi casa dan a un patio exterior (o patio de luces; cómo he soñado con pronunciar algún día esa palabra) enorme. Desde las ventanas de la cocina que dan a ese patio vemos ventanas que pertenecen a otros edificios, edificios que en realidad no sabemos a qué calle pertenecen. Es como en aquel capítulo de Friends (estoy muy cansada hoy, y necesito agarrarme bien fuerte al salvavidas de la cultura popular para asegurarme de que se me entienda bien). En dicho capítulo, Ross y Joey espiaban a una muchacha guapísima del edificio de enfrente del apartamento de Monica. La mujer, a su vez, les miraba sonriente e invitadora, pero no eran capaces de encontrarla, por la sencilla razón de que eran incapaces de calcular cuántos pisos tenía el edificio, y a qué piso pertenecía su apartamento. Este desastre de la vida actual funciona también a la inversa, es decir, que, igual que puede ser un obstáculo a la hora de relacionarnos con alguien que nos interesa, se puede tornar una escapatoria maravillosa que  nos mantiene seguros cuando no queremos que alguien se nos acerque.

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Queridines…

Y a cuento de esto les relato la siguiente historia:

Una noche, estando inmersos en un fiestorrio en nuestra cocina de cuasitreintañeros inmaduros que comparten piso, una voz histérica y quejosa se elevó en la oscuridad de ese enorme patio de luces del que antes les hablaba. La voz dijo que iba a llamar a la policía. Hubo un momento de suspense, un milisegundo de “tíos, vamos a bajar la música, que esta señora querrá dormir y tenemos casi treinta años y en algún momento tendremos que sentar la cabeza”.  Y entonces mi amigo y compañero de piso Víctor, con su acostumbrada energía sarcástica, apoyándose bruscamente en el alféizar de la ventana al tiempo que se descojonaba vivo pensando en lo que estaba a punto de decir, lanzó al patio de luces el siguiente grito:
¡Pero si no sabes dónde estamos!
Silencio total en el patio interior. No hubo respuesta. Y la fiesta continuó, más ruidosa si cabe, con la alegría que dan el no encontrarse en ninguna parte y el egoísmo adolescente, sobre todo cuando los adolescentes en cuestión rozan la treintena.

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Treintañeros adolescentes pasándolo pipa. Al fondo, la amenazante obligación adulta: el sentimiento de culpa de Peter Pan materializado en forma de ropa tendida oreándose con el olor a tabaco.

¿Y qué relación tiene esto con meterse en chats marranos?, dirán ustedes, que leyeron el título del post de hoy y tal vez pensaron que iba a regalarles sucias conversaciones con desconocidos. Mucha, respondo yo.

Hubo una temporada, tras una ruptura, en la que me lancé al mundo chat. Estaba en ese clásico momento, que he vivido después unas cuantas veces más, en el que piensas: “Dios mío, por qué lo he dejado, qué gran error, nunca voy a ser capaz de amar a otra persona, y de acostarme ya ni hablemos”. Necesitaba reencontrar mi camino, y en Madrid hacía un verano raro. Pasaba casi todo el tiempo sola, trabajando de secretaria en una productora situada en un chalet de las afueras. Así que me lancé a hablar con gente por internet. No buscaba nada concreto, ni amistad, ni amor, ni sexo, y al mismo tiempo buscaba todo eso. Por lo tanto, hablaba con todo tipo de personas e investigaba en todos los mundos que estuviesen dispuestos a abrirme sus puertas, siempre sin abandonar la comodidad de mi silla y cierta rectitud moral que me había autoimpuesto. Recuerdo que al principio, atendiendo a las necesidades impuestas de vivir la experiencia de un trío que tiene toda jovencita inquieta y un poco leída, me vi metida en un chat de parejas que buscaban a chicas.

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Me pondré justinbieberesca y faltona, y diré que Anna Frank, muchacha leída y de sexualidad inquieta (tal y como demuestra su diario, que ahora les ha dado por querer prohibir en las escuelas americanas) también podría haberse visto socialmente empujada a la curiosidad del trío. (En la imagen, un terrorífico fotomontaje encontrado en estas redes del Averno)

Hablé durante unos días con un matrimonio, que nunca llegaron a decirme su edad, aunque me aseguraron que eran mayores que yo, que por aquel entonces tendría unos veintidós.  Lo curioso, y es algo que me sorprendió mucho en esa época y que aún hoy me sorprende al recordarlo, es que no hablamos de sexo en ningún momento, aunque estaba claro que el fin de todo aquello era quedar y enredarnos en una maraña absurda de brazos y piernas sudorosos. O quizás sólo quisiesen vender mis riñones, no sé. Eran gente bastante agradable, y compartíamos algunas aficiones y opiniones sobre la vida. Él era profesor, ella trabajadora social, o eso dijeron, y tenían una casa pequeña con un jardín que les gustaba cuidar. Todo muy progre y muy guay.

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– ¿Chateamos un rato con la nena esa, o qué?
– Venga, va, enciende el router.

Me caían tan bien que me relajé, y de pronto ya estaban pidiéndome una foto. Yo, con todo el entusiasmo coqueto y la ingenuidad de mis veintipocos años, les iba a enviar una en la que, lo recuerdo perfectamente, salía muy modosita y muy mona, con un abrigo de paño verde, que en esa época era lo más. Pero en el último momento me detuve, y les pedí que mejor fuesen ellos los primeros en quitarse la máscara. Me enviaron una foto inmediatamente. Justo cuando iba a abrirla, un terror me paralizó el cuerpo, y la siguiente certeza absurda se abrió paso en mi cabeza chalada:

¿Y si son mis padres?

Cerré aquel chat del demonio inmediatamente y me comí de seguido cuatro minipaquetes de galletas Estrellas Príncipe, que aquel verano lo petaban.

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Lo petaban

Ellos volvieron a la carga en varias ocasiones, en una de ellas recriminándome (con bastantes malas maneras) el haberles abandonado de aquella forma. Pero no podían cogerme. Esa noche, refugiada de los males del chat, dormí mejor que nunca, así como muy arrebujada en mis sábanas, sintiendo la alegría y lo confortable de haberme salvado a mí misma en el último momento. Básicamente, lo que hice fue gritarle a ese simpático matrimonio: ¡Pero si no sabéis dónde estoy! Y, amparada por la seguridad del anonimato, cerrar la ventana para continuar mi fiesta alegremente.

¡Que siga la fiesta, chavales!

Años después de esta huida de la perversión en el último segundo, siendo ya una mujer plenamente adaptada a las redes sociales, con notable alto en romance por privado de facebook, conocí a Silver Tongue (el nombre me ha quedado bien cutrón, porque, como pueden imaginar, me lo he inventado para salvaguardar el anonimato del seudónimo real). Era este tal Silver un hombre culto y zafio (en el mejor sentido de la palabra), muy dado a hablar (o escribir, más bien) usando esas palabras que sólo se utilizan en los doblajes de las películas americanas, y que dan vergüenza, pero a la vez gustan. Silver estaba aburrido, estaba solo y conversaba muy bien, pero sin concretar demasiado en nada, dejando espacio a lo que yo quisiese imaginar, características perfectas de EL HOMBRE DE MIS SUEÑOS. Al decir HOMBRE DE MIS SUEÑOS, por supuesto, no me refiero a ese ser con el que tendría retoños y podaría un jardín como el que cuidaba aquel matrimonio que quería hacer un trío conmigo. Cuando digo HOMBRE DE MIS SUEÑOS estoy hablando de un recipiente de plástico medio vacío, listo para que yo lo llene con todas las fantasías, cualidades y románticas escenas que mi mente sea capaz de fabricar.

Ese cubo

El recipiente

No se hagan los locos, que también ustedes tienen en sus cabecitas ese cubito de playa lleno de delirios. Por si fuera poco, había ciertas condiciones reales de Silver que casaban con mis delirios de caballero andante: tenía una profesión respetable, algunos años más que yo y bellas sienes plateadas. Poseía, en suma, el perfil ideal del SALVADOR. No me malinterpreten, señores. Soy relativamente feliz con mi vida, sé que soy capaz de sacarme adelante yo solita y escalar los peñascos de la vida con piolet y valentía, derramando sólo unas pocas lagrimitas, pero algunas veces me desmayo un poco en un sofá y pienso: que alguien me salve.

El piolet

El piolet

Y en eso se convirtió Silver, en un salvoconducto para fantasear y agarrarme en caso de urgencia. En mi día a día, de normal, jamás pensaba en él, pero si me sucedía alguna desgracia o tenía un encontronazo con un amante tangible, mi mente viajaba durante tres segundos a Silver, a lo guay que era y lo bien que nos entendíamos (Tampoco nos entendíamos tan bien, pero las fantasías son así de embaucadoras). ¿Qué sucedió con este romance de chat? Sucedió que Silver se dio cuenta de que lo usaba como receptáculo de delirios que era incapaz de cumplir, y que me advirtió de que el juego no era así. Ahora seguimos siendo amigos. Algunas veces pienso: ¿Lloraría si Silver se muriese? O, lo que es peor, ¿me enteraría de su muerte? Lo más probable es que no.

Esto de las redes sociales es así. Básicamente, estamos todos lanzando gritos a un patio interior oscuro, confundiéndonos los unos a los otros, sin llegar a saber nunca dónde estamos, o encontrándonos en el portal y no reconociéndonos. Cuando nos asustamos, nos comemos unas galletas de chocolate y que siga la fiesta.

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3 pensamientos en “Pero si no sabes dónde estoy (El año que chateé con desconocidos)

  1. Tamara dice:

    es que si me gustaran las mujeres en este momento de mi vida, te intentaría conquistar y tener un jardín con retoños o retoños con jardín… o lo que surja. corto y cierro

  2. Basura dice:

    No sé si todas las fiestas son la misma ni si yo estaba en esa fiesta, o acaso sí estaba y no me enteré o me enteré y no lo recuerdo. El caso es que me parece brillante esa salida de Víctor, qué ingenio, qué desdén.
    Fdo: la cuasitreintañera que tiene que ver más pelis de Jane Austen para aprender a beber en taza con más elegancia.

  3. Ra dice:

    Es como ser una adolescente fan de una estrella del pop. Es tan maravilloso e intenso como inaccesible y poco amenazante (como aquella revista que leía Lisa Simpson, que se llamaba precisamente así, “chicos no amenazantes”).

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