LOS HOMBRES QUE NO SABÍAN CÓMO LA TENÍAN

A veces pienso que ser hombre debe ser una cárcel opresiva y angustiosa. Los tíos dirán: “No, ser hombre no es ninguna cárcel”. Pero eso es porque su estancia en la celda incluye exactamente eso, la obligatoriedad de decir que es cómodo y fácil ser lo que son, mirar los barrotes y decir: “¿Qué barrotes? Yo no veo ningunos barrotes”. Pero haberlos, haylos.

Haylos

Haylos

Me da igual lo que me digan. Ser un hombre debe ser algo dificilísimo. Está todo ese tema, que a mí me parece terriblemente agotador, de que nunca saben si dar la mano, chocar en plan amigotes o dar abracito, o chocar en plan amigotes y palmaditas, o qué cojones. Me fascina cuando un hombre hetero le pregunta a un hombre gay: “¿Y cómo sabéis cuándo el otro es activo o pasivo?”. Joder- digo yo- ¿y tú, al ser presentado al amigo de un amigo, cómo sabes qué coreografía saludística masculina realizar? Me parece, de lejos, mucho más complicado, qué quieres que te diga. Ni digo que ser mujer no sea un infierno. Lo es, claro que sí. Todos tenemos nuestra jaula. Existir es complicado. La vida es dura y el hombre es un lobo para el hombre, y toda esa mierda. Pero lo de los saludos masculinos supera mis capacidades coreográficas y de improvisación.

Todos tenemos nuestra jaula, ya saben

He visto situaciones vergonzantes, en las que dos hombres comienzan por darse la mano, y uno de ellos, en un arranque emocional, hace una especie de choque de coleguis, y de pronto el otro da una palmada en el hombro, y ya se están dando un medio abracito, pero enseguida se separan, presos del bochorno de la situación, diciendo “¿Qué tal, tío, qué tal, qué tal te va, qué tal, qué tal?”.
¿Cómo se puede soportar eso? Yo, que antes de una reunión, cuando los señores con los que vamos a reunirnos se acercan por el pasillo, le pregunto a mi jefe, en un arranque de pavor y sudores fríos: “Rápido, rápido, ¿a estos la mano, dos besos o qué?”, moriría al día dos de vida social como hombre.


Pero está claro que lo que realmente agota a los hombres es tener picha. Sería fácil si esa parte de sus cuerpos estuviese más visibilizada. ¿Más?- dirán ustedes. De acuerdo, es cierto que es una parte de la que se habla constantemente: “Estoy hasta los cojones”, “Me tienes hasta los huevos”, “Me tienen hasta la polla”, “No tienes cojones de hacerlo”, “Manda huevos”, y así hasta el infinito. Y ese es precisamente el problema. Se la menciona tanto, que, en nuestras mentes, es un ser todopoderoso, dotado de poderes mágicos (y cierta razón no falta: a mí me sigue fascinando cómo se levanta sola, de forma involuntaria, pero no hay que pasarse). El problema viene cuando se la tiene demasiado en un altar, rodeada de flores, con mujeres pequeñitas que bailan alrededor con falditas de paja al son de unos tambores de yuca o algo así. Un hombre sobrevalora su cacharro, dice “Sí, hombre, mis cojones” quince veces al día, incluso hace algún gesto de chulería en plan rapero, agarrándosela, y luego pasa lo que pasa. Es como cuando llevas un año entero pensando en tu apartamento de la playa, y le das la chapa a todo el mundo con lo maravilloso y fascinante que es, y tú mismo llegas a creértelo, y luego llega el verano y llegas a Benidorm, y aquello es un modesto cuchitril, y tú sientes tal decepción que sólo quieres meterte en el mar poco a poco como Alfonsina y dejarte ahogar dulcemente.

adoradoras

Serecillos adoradores de pichas

Me explico: Yo he visto desnudas a casi todas mis amigas, a casi todas las mujeres de mi familia, y veo a diario a una docena de mujeres en cueros en los vestuarios de mi piscina, ese templo del cloro en el que nado a ritmo de Shakira. Sé cómo es un coño. Sé cómo son unas tetas. Y eso me ha ayudado a formarme una idea acerca de cómo es mi cuerpo. Los hombres heterosexuales, por norma general y según me cuentan, han visto muy pocos hombres desnudos, y de miembros viriles observados con detenimiento ya ni hablemos. El porno no vale, porque, como todos sabemos, nada es como en el porno. A veces sí, pero en general no, y doy gracias a Dios, porque ese golpeteo rítmico y monótono que se pegan debe causar instantáneamente una cistitis por traumatismo.

ay

¿Cómo saben entonces los hombres cómo la tienen? La respuesta es sencilla a la par que truculenta:

En general, LOS HOMBRES NO SABEN CÓMO LA TIENEN.

Y NUNCA JAMÁS osaréis mirar el pene del prójimo durante más de dos segundos seguidos.

Antes de meterme en temas escabrosos, quiero aclarar que, aparte de estar generalizando como una loca inconsciente, a mí lo del tamaño me parece una soberana chorrada, y la vida me ha demostrado que no importa. Lo importante es hacer las cosas bien, la diversión y las buenas maneras. Saber cocinar también ayuda.

A continuación transcribiré, tal y como me las contaron varias amigas, o tal y como recuerdo que me las contaron (perdonadme si me equivoco, queridas), conversaciones de cama con diferentes y confundidos seres del sexo masculino, conversaciones que prueban esa afirmación sin fundamento aparente que me acabo de marcar. Allá vamos.

Un hombre, una mujer, un coito (Fea palabra) de por medio:

ÉL: Los condones me aprietan un poco.
ELLA: Claro, es que la tienes muy grande. Tienes que usar una XL.
Él queda atónito.
ÉL: ¿XL?
ELLA: ¿Me estás vacilando? ¿De verdad no lo habías pensado nunca?
ÉL: No sé… No. De verdad.
ELLA: ¿Entonces llevas toda tu vida pensando que los condones son algo así de incómodo?
ÉL: Pues… sí.
Ella, fascinada. Él, en silencio, intenta disimular lo encantado que está con la vida. Ella piensa: Qué desgracia, qué poca conciencia del propio cuerpo, pobrecillo, toda la vida con el miembro estrangulado. Y, al día siguiente, SE LO CUENTA A SUS AMIGAS.

Otra pareja de amantes, con sus cuerpos desnudos entrelazados, se acarician y observan el uno el cuerpo del otro. Ella, desde que lo conoció, desea hablar con él de la forma de su miembro, algo curiosa (ligeramente arqueada hacia abajo), aunque plenamente satisfactoria a niveles logísticos.

ELLA: Es muy curiosa tu polla, así como de arco de medio punto. (Mujer culta y formada, que estudió con interés la Historia del Arte que tocaba en el instituto).
Él se tensa.

ÉL: ¿Cómo de medio punto?

Arco de Medio Punto 2

ELLA intenta explicarse. No hay manera. Él dice que su miembro es normal normalísimo, la tacha de locatis, se ofende profundamente. Ella sigue intentando explicarse. Él no atiende a razones. Deshacen su abrazo. Bajo un acebo, los amores nacen. Bajo una polla de arco de medio punto, en ocasiones, mueren.

Muchacha siguiendo con la mirada la silueta de un miembro de medio punto

Otra situación. Otro hombre y otra mujer, después de un acto sexual bellamente consumado:

ÉL (orgulloso por la buena consumación): La gente a veces es muy desagradable. Una vez una chica me dijo: me gustan pequeñas, como la tuya.
ELLA asiente.
ÉL: ¿Cómo que sí?
Momento incómodo. Ella se mira de reojo las tetas, y piensa en que todo el mundo sabe cómo son, por la sencilla razón de que se le notan a través de la ropa.
ELLA: Bueno, es que es pequeña y finita. Yo también tengo las tetas pequeñas y no pasa nada. Yo sé que las tengo pequeñas. La gente sabe que las tengo pequeñas. No me enfado si alguien me lo dice porque ya lo sé, y es tan evidente que es así que sería absurdo enfadarse.

Él se queda de morros. La chica no sabe qué pensar, así que dos días después, SE LO CUENTA A SUS AMIGAS.

Invocando una reunión amiguil para hablar de pichas curiosas.

A mí, afortunada asistente a esas reuniones, me cuentan esto y quedo fascinada, en estado de divertido estupor. Yo, como la chica de la última conversación, sé cómo tengo las tetas. Suspiro de alivio. Cuánto más cómodo es tenerlo todo a la vista, ser medible y comparable por uno mismo y por los otros, y, sobre todo, ser plenamente consciente de lo que se tiene y lo que no se tiene.

Léase entre sollozos angustiados: Mamá, pensaba que las tenía grandes y las tengo pequeñaaas… (Observen lo absurdo y poco creíble de esta situación)

¿Y lo de llorar? No me jodas. Yo he visto cosas que no creeríais. He visto a hombres llorar por el Mundial de Fútbol y permanecer impasibles ante el nacimiento de su primer hijo. He visto señores casi besarse en la boca porque ha ganado el Atleti, señores que más tarde simplemente le dan unas palmaditas avergonzadas a un amigo al que se le ha muerto la esposa. ¿Qué tipo de infierno es ese? ¿Qué tipo de comportamiento dictatorial impuso la norma de que sólo se podía llorar en acontecimientos deportivos? ¿Adónde van a parar esas lágrimas nunca derramadas? Se lo comento a un querido amigo, un gran entendido en comportamientos masculinos. Y él me contesta un privado de facebook que dice así:

“Querida, la prohibición de llorar de los hombres no es algo casual, no es una regal social absurda. Tiene un fin animal. ¿Con qué crees que se impulsan esas erecciones que tanto te fascinan? Las pollas erectas no están rellenas de sangre, como todos creen…

Están rellenas DE LÁGRIMAS”.

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7 pensamientos en “LOS HOMBRES QUE NO SABÍAN CÓMO LA TENÍAN

  1. Víctor dice:

    Eres cruel con nuestros traumas psico-sociales, lógicamente no sabes (yo tampoco) lo que significa tenerla pequeña, pero es un miedo que nos atenaza hasta los 38, luego pasa. Por ese miedo no comentamos mucho nuestras medidas, pero siempre hay algún amigo valiente que se lanza, y digo siempre porque me ha ocurrido en varios grupos de amigos. Y este tema hay que hablarlo, no funciona un vistazo rápido, porque entre heterosexuales (de lo que yo puedo hablar) no nos las vemos erectas, sino relajadas y/o ateridas de frío en el vestuario, y en esas condiciones el tamaño es casi siempre mini. Una pena que tus amigas no se hayan apareado con ninguno de mis amigos, todos conscientes de sus dimensiones y de sus formas (conocí a uno con arco de medio punto que lo enarbolaba con orgullo).
    Y sobre el tema de los besos, saludos y llantos estoy aprendiendo mucho contigo, gracias!

  2. nosexybot dice:

    salvaje!… me ha invadido una tristeza sonriente de ocho brazos… espero que no sea muy fiera…

  3. Guille dice:

    He llorado de risa. Adiós a mi próxima erección.
    Otro SOPAPO genial! 🙂

  4. […] el pichatón II. Y a la misma vez recordar que debo llorar más a menudo, aunque mis futuras erecciones quizás se vean […]

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