HOLOCAUSTO CHINCHE (Cuento de Lotería de Navidad)

El otro día llegué a la oficina después de tres días grabando el making of de un spot. El anuncio en cuestión es ese que llevamos dos semanas vapuleando en estas nuestras queridas redes sociales, oh yeah.

Sí, este.


Llegué al currele después de tres días del rodaje sin fin de esa fábula fúnebre de color ocre, y ni tiempo había tenido de sentarme en la silla, cuando ya había recibido un encargo de parte de las altas esferas: escribir un post para la página de la empresa relatando cómo se sintió mi ingenuo corazoncito al presenciar lo que ellos gustan de llamar “el anuncio del año”. Yo, que soy una chica obediente y que sé inclinar ligeramente la barbilla en un gesto de sumisión y acatamiento de órdenes pero sin perder cierta inteligencia en la mirada y con una pizca de resistencia inicial, en plan “lo voy a hacer, pero no te creas que soy tu esclava” (me gustaría saber cómo se ve este gesto desde fuera; quizás la cara de una parturienta a media contracción resulte más agradable y descifrable), dije “SÍ, CÓMO NO” y me senté con los deditos en el teclado y la vista fija en el Word en blanco.

Tal que así.

Tal que así.

Intenté pensar en el mágico momento en el que mis ojos se encontraron con los de Raphael (o con los de, como mucha gente ha comentado, el diabólico androide doble de Raphael) para entrevistarle, en las velas iluminando las bellas calles de piedra, en Marta Sánchez con sus dorados bucles movidos por la máquina de viento, en Niña Pastori alzando su voz flamenca con fuerza y tronío, pero nada.  Mi mente, en general, tiende a seleccionar sólo la basura, los rastrojos que rodean lo valioso. Soy como esos gatos que tienen muchos juguetitos, pero que al final prefieren una bolsa de basura y un rabo de lagartija ya inmóvil. Y ese rastrojo, ese basuramen que ocupaba mi mente, era un hombre cuya historia brillaba en mi recuerdo más que las chispitas esas mágicas del anuncio.

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El amor por lo rastrojil: En una bella calle de Budapest, mi querida amiga Señorita Basura y yo nos extasiamos al unísono ante esta colilla alada. No nos lleven de viaje, simplemente arrástrennos por el suelo.

Era este hombre del que hablo un ser acabado, roto por la mitad, de aspecto descuidado y tez abrasada por el sol que despedía una extraña fluorescencia rosada. Debía tener unos 30 años y acababa de estar grabando un programa en un país africano que no me supo especificar (de ahí la rosada fosforescencia) y ahora hacía no sé qué en este rodaje del anuncio del Averno. En las pausas para comer, siempre mucha carnaza en un mesón del pueblo, bebía lentamente del orden de botella, botella y media de tintorro. Una de las noches, tras la cena, me quedé un rato hablando con él, y, como soy indiscreta por naturaleza y no sé callarme mi curiosidad por la automedicación ajena, le pregunté que cómo bebía tanto.

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Flipando con que en bibliotecas de imágenes vengan fotacas de este calibre.

Y él, con franqueza y cerrado acento gallego, me dijo que era muy desgraciado. La historia de su drama era como sigue:

Chico conoce a chica. Chico se enamora de chica, y viceversa. Se aman locamente. Se van a vivir juntos. Un día AMANECEN LLENOS DE RONCHAS.

La etapa previa a la roncha

Amáos ahora que podéis, que luego puede que vengan las ronchas.

Y ahí comienza una espiral de paranoia y aprensión. Tras indagar un poco, descubren que tienen CHINCHES en casa. Lavan la ropa con agua caliente, sacuden los libros, llevan los edredones a la tintorería. Aún son optimistas. Mientras lo hacen, se ríen de su propia desgracia con el optimismo incombustible de los enamorados, se dan besitos, hacen el amor sobre el colchón desnudo. Se quedan dormidos. Despiertan con más ronchas. Una vecina les dice que lo que tienen que hacer es tirar el colchón. Compran otro, pero ya no es lo mismo. Ella rehúye sus caricias. Mantienen una discusión a oscuras, en mitad de la noche, y ella, al fin, confiesa el porqué de su actitud esquiva: ha estado indagando en internet. Ay, red de redes, qué mala eres. En su investigación por los mundos del chat de plagas hogareñas, la chica ha estrechado lazos con otros usuarios, y estos la han advertido de la gravedad de la situación. Entre chateo y chateo, se ha sumergido en foros terribles, en los que personas con la vida destruida por los chinches se lamentan y vomitan su desgracia. Internet es una piscina llena de historias chinchescas espeluznantes, relatos de gente que perdió su vida por ellas o que aún lucha cada día contra el holocausto chinche.

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Una mujer afectada por el holocausto chinche nos abre su corazón en un foro chinchero

En mitad del holocausto, aún queda gente con ganas de tocar los cojones.

En mitad del holocausto, aún queda gente con ganas de tocar los cojones.

Así pues, nuestro amigo el borracho del rodaje y su chica se entregan a los consejos de las redes chinchales y pasan dos meses  lavando la ropa a noventa grados, fumigando con polvos, espráis y disoluciones, fregando con alcohol, frotando, haciendo círculos con sal, untándose en aceite antes de dormir, forrando el colchón nuevo de film de envolver bocatas, rezándole a la Virgen del Consuelo, durmiendo en el salón, durmiendo con calcetines, con la luz encendida y no durmiendo. En ese periodo sólo hay un remanso de paz en medio de la guerra constante, y ese es el momento en el que ambos deciden llamar a fumigación y sellan esta decisión con un violento beso con mucha lengua y pasión. Al día siguiente, unos amables señores de monos rojos les advierten que la cosa es más grave de lo que piensan.

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No sólo deben abandonar su hogar durante los días en el que los productos asesinos actúen, sino que habrá que tirar libros y pertenencias varias infectados de manera irreversible, desmontar enchufes y barnizar muebles. Uno de los trabajadores desatornilla sus ordenadores portátiles, dos flamantes Mac que, de forma inexplicable, hace días no funcionan, y les informa que les aconseja desecharlos inmediatamente. Los dos se acercan y observan con horror cómo las chinches pululan por las tripas de sus computadoras.

Amigos, sé que creen que no hay nada en el mundo más anticapitalista que esa loca furiosa que vende calcetines por Lavapiés y que nos atemoriza a todos con sus gritos de “¡Agárrense las carteras, que viene el Papa!” y “¡Papeles para todos o todos sin papeles!”. No sé si saben que además de vez en cuando arremete contra los grupos de gente que la miran molestos y, valiéndose de una charla de agresivo anarcoanticapitalismo sin puntos ni comas, les desmonta su  vida de jóvenes molones en dos segundos. No es que no esté yo de acuerdo con el griterío de esta señora. Pero hay algo en su ser que me perturba: en este preparado de odio que me produce su persona hay tres gotas de “déjame tomarme mi cerveza EN PAZ en mi pequeño paraíso burgués tras mi jornada de trabajo neoproletaria, vieja loca”. El resto es todo culpabilidad, sentimiento de contradicción conmigo misma y ganas de potar lo que me he bebido y marcharme a casa para a la mañana siguiente tomar un Alsa rumbo a un pueblo autogestionado. Pues no. Las grandes abanderadas del anticapitalismo son las chinches. ¿Y eso por qué? Porque no son enemigas únicamente del capitalismo activo y cabalgante, no es que se oculten en esas toneladas de ropa absurda del  Lefties que nunca te pondrás, sino que pierden el respeto ante esa bella talla de madera con forma de fallera que heredaste de tu abuelo y tu libro dedicado por Fernando Arrabal. Se pegan a las páginas de tus antiguos diarios y se acurrucan en el interior del disco duro que alberga tu novela recién terminada. Los chinches son la prueba definitiva ante la riqueza material. Si te pillan por banda, ya puedes asegurarte de tener un alma plena, un buen amueblado interior, una memoria repleta de grandes instantáneas de tu vida, porque lo que es la manifestación física de todo eso corre grave peligro de fenecer quemado en una pira de humo negro.

Todo a la hoguera, incluso su cariñosa dedicatoria.

Todo a la hoguera, incluso su cariñosa dedicatoria.

En este punto de la historia, el chico ya se ha plimplado una botella de vino, y afuera, en la plaza de Pedraza, se oye el playback de la canción de la lotería de Navidad. Montserrat, bien apuntalada en una banqueta imperceptible para el que la vea de frente y que le permite no desmayarse por el peso de los años, hace como que canta. Pero a nosotros nos da igual. El chico sigue hablando. Con la lengua pastosa y el acento cada vez más gallego, me relata el terrible MOMENTO DE ECHAR LAS CULPAS EN EL PROCESO CHINCHE:

-¿Pero cómo han llegado las chinches a casa?-pregunta ella.

El operario de desinsectación le dice que hay muchas posibilidades, pero que en general estos animalillos de Belcebú se cuelan en los hogares de la siguiente forma: vienen escondidos en maletas desde hoteles de mala muerte o bien viajan hasta el hogar ocultos en muebles recogidos de la basura. Los dos evitan mirarse para que no afloren chispazos de reproche. Él, hace dos semanas, estuvo hospedándose en una pensión durante un rodaje. Ella, hará un mes, y enfebrecida por una recién nacida pasión por la restauración de muebles viejos, subió una cómoda de la basura. Los dos piensan que el culpable es el otro. Pero, al mismo tiempo, tienen breves momentos en los que sienten que la culpa puedo haber sido suya, y esa culpa no les deja sentirse merecedores del amor que el otro les profesa (o les profesaba).

En las confesiones del foro chinchero pueden apreciarse sutiles pinceladas de culpas echadas a uno y otro lado

En las confesiones del foro chinchero pueden apreciarse sutiles pinceladas de culpas echadas a uno y otro lado

 La idea de deshacerse de sus pertenencias les hace caer en un estado de histeria, pero lo que realmente desborda la situación es lo del barnizar los muebles. Este último dato resulta especialmente espeluznante. El de fumigación les explica que el barniz se aplica de modo que las chinches, que han entrado en la madera como Pedro por su casa, QUEDEN ATRAPADAS DENTRO DEL MUEBLE PARA SIEMPRE Y MUERAN ALLÍ. ¡Horror!

¡Rápido! ¡A barnizar!

¡Rápido! ¡A barnizar!

El chico del rodaje ya lleva una botella y media. Estamos prácticamente solos en el restaurante, así que no disimula su cabeceo de borracho mientras me cuenta que fue lo del barnizado lo que llevo la cosa a su límite. Los de fumigación se habían ido a buscar el equipo para comenzar el proceso, y ellos se habían quedado frente a frente, sentados en las sillas con el barniz ya seco. Yo, que gusto de inyectar dramatismo a situaciones ya de por sí desastrosas, me digo para mis adentros: ¡ENTRA MÚSICA! Y, en mi imagen mental de la historia que me cuenta el chico, Jeanette empieza a cantar con su vocecita de niña consentida:

El chico y la chica, sentados en las sillas con el barniz seco, se miran a los ojos y les invade una tristeza insoportable. ¿Comprenden, señores? Los dos lanzan rayos malignos de reproche (fuiste TÚ quien trajo la plaga que asoló nuestra vida y nuestro amor), y, al mismo tiempo, les horroriza la idea de haber sido los culpables del chinchismo que ha destrozado sus existencias. Son como sendos enamorados sidosos que temen al otro y a sí mismos. Mientras esto sucede en sus mentes, bajo sus cuerpos, en los butacones, entre las vetas de la madera, hay un ejército de chinches con estertores, que lucha un poco más antes de morir de inanición al no poder traspasar la barrera del barniz. Él nota incluso un hormigueo, probablemente psicológico, pero lo nota. La idea de vivir con esa mujer que tiene ante sí, y de cenar el resto de sus días sentados en dos elegantes butacones rellenos de cadáveres de chinches le provoca sudores fríos. Así pues, el joven se levanta del butacón, da dos besos a la mujer que un día amó, y se va. Ella acepta de buen grado este acuerdo silencioso. Fin de la historia de amor.

Fin.

Fin.

Y delante de mí tengo a este hombre desposeído, que, tras contarme esta historia, me dice: “Que no te engañen, sin cosas no somos nada. Te lo digo yo, que lo perdí todo, incluso a ella. Es así”.

Se encoge de hombros. En la plaza, Marta Sánchez hace como que canta. El playback atruena. Los figurantes se mueven con un leve balanceo, ateridos de frío bajo la leve llovizna. Llevan velas en las manos. Sus ojos brillan con fingida emoción. La iluminación, creada casi completamente con unos aparatos que lanzan una ristra de llamas de fuego cimbreantes, ilumina la escena. Bajo del restaurante y me dispongo a seguir currando, pero me detengo de pronto. Las llamaradas de la iluminación se reflejan en mis ojos, y, por un momento, soy perfectamente consciente de que tengo la mirada de los dementes que planean un crimen. Me doy cuenta, además, de que a partir de este momento navego en el barco del rodaje del anuncio como polizón y no como, hasta ahora, grumete que duerme en cubierta.

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Mi corazón ha pasado de lleno al bando de los desposeídos, y la emoción del artificio audiovisual se me evapora absolutamente. Porque, y lo he visto bien claro, la emoción está en esa historia que acabo de escuchar, en ese amor siendo carcomido por una plaga de insectos hemípteros. Es ese hombre destrozado el que debe asomar tras el árbol de Navidad y unir su voz a las de un nutrido grupo de desgraciados, y no estos teleñecos que nos han puesto.

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El último día de rodaje mis tripas ya se habían rebelado ante ese monstruo que es la pirámide de las clases sociales laborales. No es que allí sucediese nada irregular que no suceda en cualquier otro rodaje o ambiente laboral, simplemente mi espíritu aún es inocente y se espanta ante la injusticia y el absurdo como lo haría una joven novicia ante el cuerpo desnudo de un hombre inusualmente feo y peludo. Lo más chocante era esa opulencia y ese respeto reverencial que rodeaba a las estrellas, esa forma de caminar siempre rodeados de un corrillo de protectores, siempre dignos y algo asustados, con esos ojillos vacíos y de pupila fija que tienen algunos famosos. Encima tuve la fortuna/desgracia de encontrar traspapelados algunos documentos de rodaje, en los que se especificaba el salario de una de las estrellas. He sido criada en el bien y la bondad, y yo les digo que eso ni estaba bien ni era bueno.

No diré cifras

No diré cifras

Y entonces, en mi mente siempre ansiosa de microterrorismos, comenzó a germinar la semilla del mal: ¿Por qué no soltar dos chinches, un macho y una hembra, y que Montserrat, Marta o quizás Raphael partan con ellos en sus maletas, como si de un Arca de Noé del mal se tratase? Una vez en mansión, las chinches retozarían alegremente por los mullidos colchones de látex y los almohadones bordados, penetrarían entre la pedrería de los exclusivos vestidos y se colarían en la línea divisoria de la parte roja y la parte negra de los Loboutin. Cientos de trajes de chaqueta hechos a medida echados a perder, kilómetros de parquet a la mierda, proyectores y gigantescas pantallas planas quemadas en una enorme fogata. Y ellos de pie junto a la hoguera, asistiendo al espectáculo de su desposesión, con las llamas reflejadas en esos ojos vacíos y de pupilas fijas que tienen algunos famosos.

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10 pensamientos en “HOLOCAUSTO CHINCHE (Cuento de Lotería de Navidad)

  1. Atiplado señor dice:

    No se puede ser mejor, querida!
    A veces Ángel otras Cadenas, amigo de palomitas, siempre a sus pies.

  2. Basura dice:

    Felicidades por la entrada. Demoledora historia. En cuando a los amantes “sidosos”, si ambos están infectados, ¿qué es lo que temen?

  3. Ra dice:

    Pesadilla y aplausos. Siempre que escucho “chinches” recuerdo que en una biografía de María Luisa de Habsburgo, segunda esposa de Napoleón, decían algo así como “huyendo de la guerra en su infancia conoció el barro, la miseria, las malas carreteras, el hambre y, en alguna mala posada, las chinches”. La guerra de la que huía la había provocado el que años después sería su marido. Sabiendo que había chinches del pasado de por medio se comprende el infierno de matrimonio que debió vivir ella.

  4. Jaime dice:

    Magnífica y terrorífica historia. Muchas gracias por compartirla.

  5. Fernando dice:

    que gonito, por dios, que gonito. Si pudiese, me veria usted en este momento hecho un mar de lagrimitas y pucheros. Creo que usaré las palabras de aquel poeta para describirlo “este texto es una puta maravilla”

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