EL ORÁCULO EN CHÁNDAL (COSAS QUE HACER ANTES DE LOS 30)

Queridos hermanos, amigos cofrades, estupendos lectores, chiquitines:

Tengo algo que anunciar, y ese algo es que he cumplido 30. Horreur. Susto. Sí, coleguines, la cosa se va a poner revenía. En tres meses me casaré, tendré mellizos y me compraré un monovolumen que manejaré sin miedo ni sudores fríos por la M-30. Llevaré ropa en colores camel, y sabré lo que es un  estucado veneciano. Pediré hojas de reclamaciones, tendré una carpeta con los papeles importantes, que tendrán que ver con contratos, altas y bajas como autónoma, hipotecas y ayudas a emprendedores.

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Abultada carpeta repleta de responsabilidades bajo control

Llevaré a término el largo proceso de una depilación láser, ese camino de duelos y quebrantos que todo el mundo comienza pero no acaba,  e iré por la vida haciendo los ejercicios de Kegel . Es decir, que, a partir de ahora, cuando ustedes me hablen, mi suelo pélvico estará realizando complicadas genuflexiones que le reportarán todo tipo de bondades a mi FIFI cuando la cosa se ponga chunga.  No es que no haga ahora estas bellas contracciones que recomiendan 13 de cada 10 ginecólogos. Sí que las hago.

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Útero con bigote y carácter difícil

La diferencia radica en que dentro de poco, con este subidón de madurez,  ya no alzaré y bajaré las cejas mientras que mis paredes vaginales se contraen y relajan al ritmo de DJ Kegel, como hago ahora mismo, sino que no se me notará nada y podré incluso mantener una conversación disociada de la lambada que esté bailando por ahí abajo.

Queridos hermanos, amigos cofrades, carísimos lectores: TODO ESTO, POR SUPUESTO, ES MENTIRA. Voy a ser la misma niñata inconsciente de todos los años. Sólo el 30, como unas velas de esas que las apagas y se vuelven a encender, sigue ardiendo en mi mente, dorando mi bulbo raquídeo de inmadura irresponsable y convirtiéndolo en un rico socarrat. Lo que me preocupa de los 30 no es no poder alcanzar el podio del señorío y las sandalias de cuña con pedicura francesa. Lo que me preocupa de los 30 es, básicamente, una cosa que me fue transmitida hace meses por unas señoras muy sabias que iban en chándal porque creo que iban o venían de hacer pilates. La conversación de estas madames, que eran como un oráculo llameante en la segunda fila del bus que cojo para ir a trabajar, fue tal que así:

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A lo que la señora con cinta en el pelo contestó:

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Ahí yo hice un redoble de tambor mental, y, en milésimas de segundo, vinieron a mi cabeza múltiples opciones de final para esta frase: “A los veintinueve tuve yo mi primer HIJO”, “El verano de mis veintinueve tuve mi primer MARIDO”, “”El verano de mis veintinueve tuve yo mi primer… DILDO”. Yo qué sé. Mil grandes momentos en la vida de esa señora se me agolparon en el cerebro socarrado. Pero no, amigos. Lo que aquella señora dijo fue lo siguiente:

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Espanto, temblores, sudoración fría. Mi cuerpo sufrió con fuerza los efectos de aquellas palabras. Y, a partir de entonces, mi alma se sentó a esperar EL GRAN MOMENTOEsperaba como cuando una niña salta en la cama intentando provocar su primera regla para no ser la retrasada de la clase. Pero, por supuesto, sin la alegre expectación de esta última, y también sin Justin Bieber mirándome fijamente desde la pared con su carita de castor agraciado. A mí no me miraba nadie desde ninguna pared, no podía confesárselo a ningún pequeño dios secreto, porque hace tiempo que dejé de creer en los Backstreet. Así que me guardé mi angustia para mí solita, y esperé con dignidad lo que aquella señora había tenido por primera vez el verano de sus veintinueve. Al poco tiempo, viendo que se acercaban los 30 y que mi cuerpo no manifestaba cambio alguno, empecé a tantear.

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Oye, así por tantear un poco, una cosita os voy a preguntar…

Las cuasitreintañeras vamos muy a tope. Sabemos que, dentro de pocos años, por muy bien que podamos bailar ahora, cualquier movimiento de cadera que hagamos se derrumbará y quedará a los ojos de los demás como un pasodoble caducado o un rancio twist.

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Las señoras de mi barrio lo tienen claro

También sabemos que hay que aprovechar ahora para beber mucho y estar BORRACHAS, porque dentro de poco, por mucho que nos chucemos, sólo estaremos PIRIPIS, y un término así baja a la mitad la graduación de cualquier absenta de marca blanca. Así que yo, en estos ambientes festivos de las cuasitreintañeras, me acercaba haciendo mis últimos twerkings -mis estertores del twerking, podríamos llamarlos- y le decía a alguna colega, susurrando bajito:

a ti ya

Así como los jueves son los nuevos sábados, y los miércoles son los nuevos viernes, y los cupcakes son los nuevos bukakkes, las hemorroides eran la nueva regla. No me había venido, pero, según el oráculo del bus, tenía que venirme pronto, ya. Empecé a verlas no ya como un problema, sino como un ritual de madurez necesario. Pero cuando hacía mi sutil pregunta nadie entendía de qué cojones hablaba, y yo no me atrevía a decir la palabra clave.Todas parecían tranquilas y felices, al borde de sus treinta, bailando zumba ya casi chachachá, al filo de lo PIRIPI pero sin caer aún.

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Al filo de lo piripi

Poco a poco, la alarma hemorroidal se va apagando, y me voy dando cuenta de que aquello, por mucho que dijesen las señoras del bus, el gran ritual de maduración no va a suceder. Ahora el uso del Hemoal ya es una de esa larga lista de cosas que no me sucederán antes de los treinta.

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Tachar de la lista

De hecho, he pensado que todas esas cosas de la lista van todas encadenadas, es decir, que si haces fuerza para coger un árbol, bajarlo de una camioneta, cavar un agujero y plantarlo, y si además empujas para tener un hijo, lo más probable es que ese esfuerzo te provoque la almorrana prometida. Y, con ella ahí asomando y doliendo, no podrás sentarte a escribir un libro.

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ELIPSIS, TÚ QUE ELIMINAS LA ENJUNDIA DE LAS COSAS Y QUE AMENAZAS CON DESTRUIR NUESTRA VIDA

Amiguitos, se acercan fechas de paz y de amor, donde debemos aspirar a sentir nuestras almas bien uniditas, como bailando sudorosas un Sararináin completo -vuelta y vuelta y ahora haz el rolling ese con los brazos y venga y dale- en un pub de pueblo. Por eso quiero hablar de temas que nos atañen a todos en estos días. Y el tema de hoy es la ELIPSIS, esa cosa que elimina la enjundia de todo, que nos quita a veces lo banal pero muchas veces también lo necesario, y que, fíjense muy bien a partir de ahora, PUEDE LLEGAR A PRODUCIRNOS VERDADEROS TRASTORNOS MENTALES.

Elipsis, elipsis, elipsis...

Elipsis, elipsis, elipsis…

 

Empiezo por el principio:

 Cuando era muy pequeña, algo así como seis palmos y medio (más ese centímetro de más que tienen los niños que creen en los Reyes Magos, porque no sé si sabéis que cuando dejan de creer en esos señores, los niños encogen un centímetro del puro disgusto transformador que les entra) soñé que dibujaba un gato. Antes de eso, no sabía dibujar un gato, pero esa mañana me desperté tras el sueño, cogí un boli y dibujé un minino pocho y tembloroso, pero un minino. Recuerdo el momento de shock y fascinación al sentir que el sueño me había enseñado a hacer algo, que yo misma había proyectado en mi cabeza una peliculita didáctica que me mostraba cómo se hacían las patas, el cuerpo, la cabeza, de un felino pocho.

El minino está pocho

El minino está pocho

 

¿Qué pasó después de eso? Mi vida continuó y EMPECÉ A VER PELÍCULAS Y LA TELE. ¿Qué tiene eso que ver? MUCHO. Y es que, amigos, llegó a mi vida la ELIPSIS.

 Ya sé que sois todos muy agudos y sabéis lo que es una elipsis, pero me veo en la obligación de explicarla, que no quiero que se produzca ese terrible fenómeno en el que, como en los conciertos de grupos angloparlantes, la gente se descojona de lo que dice el cantante entre tema y tema sin entender una puta mierda, y la peña sincera se queda cortada, se queda mal porque no entienden un cojón, y vuelve a su casa y llora de inseguridad, y al día siguiente se apunta al método Vaughan, pero enseguida lo abandona, porque el inglés de mayor ya no entra.

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Este señor da de comer a sus hijos gracias a la gente que va a los conciertos y escucha a los demás reírse sin entender una mierda.

 

La ELIPSIS, en lo que al audiovisual se refiere, es cuando en una película se suprime una porción de tiempo innecesario para la narración de la historia.

 Ejemplaco:

En la primera escena de la película vemos una casita de muñecas que se ha prendido fuego, ante el horror y el susto de un grupo de niñas. Una nena de bonitos bucles, más intrépida que las demás, hace pis sobre la casita, apagando el fuego. Corte. Siguiente escena: Suena una sirena de parque de bomberos. Una joven de melena rizada despierta en su litera y, calzándose el traje bomberil a toda prisa, baja deslizándose por la barra esa que tienen. Ya está. ¿Lo hemos visto todo? No. No hemos visto cómo la niña crecía, discutía con sus padres porque quería ser bombera, su padre sospechaba que su hija era bollera y blablablá. ¿Pero hemos entendido de qué va la peli? Sí. Muy bien. Pues ese efecto de comerse una parte de la historia, sin que ello afecte a la comprensión de la narración, es nuestra querida-odiada elipsis.

Ilustremos el ejemplo sin escatimar en espíritu navideño

Ilustremos el ejemplo sin escatimar en espíritu navideño

 

Y yo querría saber, queridos amigos, si a ustedes la elipsis les afecta de la misma forma que a mí. Porque a mí me ha trastornado la vida. Me he tragado tantas y tantas elipsis, que la mente se me ha quedado tocada. Cuando era pequeña y mi cerebelo no había sido invadido por el lenguaje audiovisual, dibujaba un gato en un sueño y al día siguiente me levantaba y ¡TACHÁN! de pronto HABÍA APRENDIDO a dibujar un gato. Ahora no hay quien aprenda nada.

La versión 2.0 del sueño del gato sería la siguiente: Cojo un boli, me lo llevo a la boca, pensativa. Corte. Siguiente plano del sueño: Ya estoy colgando el cuadro enmarcado del gato. ¿Me comprenden? Los sueños están llenos de elipsis absurdas, que me llevan de momento cumbre en momento cumbre, sin pasar por LO DE EN MEDIO. Ya no son esos sueños artesanos, pausados, aburridos y ÚTILES de la infancia, sino teasers trepidantes. Y, por si fuera poco, he adoptado las clásico-absurdas elipsis hollywoodienses, y eso es lo que me tiene jodida de verdad. Porque, amiguitos, así no hay manera de echar un polvo en un sueño, que es algo que la mente necesita de vez en cuando.

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Ejemplo:

Estoy soñando. En un momento dado, empiezo a liarme con alguien, la cosa sube un poco de tono… Corte. Siguiente plano del sueño: Mi amante del sueño y yo yacemos exhaustos y felices. A veces ni eso. Directamente recorremos la calle en estado de embriaguez post-revolcón, sonriéndonos ruborizados. Migajas sexuales, romance barato. YO NO QUERÍA ESO.

¡Rápido, rápido, que fundimos a negro, chato!

¡Rápido, rápido, que fundimos a negro, chato!

Tras estos sueños, una despierta frustrada e insatisfecha, y se va a trabajar sin su ración de casquete onírico. La noche siguiente que se me presenta un sueño sucio, intento controlarlo, prometiéndome que esta vez no se me va escapar. Pero la mente edita a su rollo, sin preguntarme a mí, que soy la puta directora de esta bazofia de sueño, y me vuelve a hacer elipsis una y otra vez. Al final del sueño, agotada, pero ya un poco más dueña del montaje de la pieza, pasa lo que pasa. ¿Y qué es lo que pasa? Que, en los últimos coletazos del sueño, la mente está cansada, ya no rige, y saca al ruedo a los secundarios del subconsciente, y el cuerpo dormido está tan ansioso de que POR FIN SUCEDA ALGO GUARRO DE VERDAD que pasan cosas como que ME ACABO TIRANDO EN SUEÑOS A LA SEÑORA QUE VIENE A LIMPIAR POR LAS MAÑANAS A MI OFICINA. Y, ahora sí, nada de elipsis, por más que lo intente: Rollo cañero y sucio con una señora muy amable de unos cincuenta años que pasa el plumero por tu mesa por la mañana y te da los buenos días. Te levantas por la mañana y te tienes que tomar un lexatín y después ir al ambulatorio a pedir la baja.

Pobre Hilda, si tú supieras...

Pobre Hilda, si tú supieras…

 

 El otro día lo hablaba con un amigo, también licenciado en esa ensaladilla rusa de conocimientos bien rociada con mayonesa en mal estado que es la carrera de Comunicación Audiovisual. Una ensaladilla de la que muchos comimos y por la cual todavía nos estamos yendo por la patilla abajo. Salmonelosis forever. Él me dijo que le parecía inevitable que los sueños nocturnos de toda la gente, que al fin y al cabo no son más que peliculitas que nos hacemos cada noche en la cabeza, estén absolutamente condicionados por la supercantidad de material audiovisual que vemos. Si en nuestros sueños no fabricáramos distintos tipos de plano, cámaras lentas, elipsis, secuencias de montaje con música… significaría que, al final, mucha tele y mucha hostia, pero no hemos aprendido nada. “Ya que la caja de trovadores (así llamaban a la tele, mientras la miraban fascinados, dos hombres medievales que viajaban al futuro en una peli que me encantaba de pequeña) nos ha requetesorbido el seso, por lo menos que nos sirva de algo y tengamos sueños cinematográficos, con un buen montaje, ¿no?”, decía mi amigo. Y yo respondo que sí, que está bien que el lenguaje audiovisual cale bien en nuestros cerebros ratoniles, pero, ¿a qué precio? Y es aquí donde entra la parte NAVIDEÑA del asunto:

Como les cuento, la cabeza soñante hace elipsis hasta un determinado punto de la noche. De esta manera, una vez tras otra, las relaciones sexuales oníricas no se viven plenamente, sino al modo cinematográfico americano (besos apasionados-CORTE-escena post sexo con cigarrillo que humea). Cuando el cuerpo soñante ya ha vivido un par de estas experiencias frustrantes, no aguanta más y se entrega a LA PRIMERA PERSONA que el subconsciente le brinda. Y ahí, con el cuerpo ansioso, es cuando en muchas ocasiones se consigue eliminar la elipsis y consumar el acto a la manera cinematográfica más española, es decir, SIN CORTES, con bien de carnaza, sudor y baba. El problema es que consumar el acto con LA PRIMERA PERSONA QUE PASABA POR EL SUEÑO puede ser algo con consecuencias terribles. Yo he venido aquí a humillarme, pero me da tanta vergüenza explicarlo que lo pondré en boca de una prima de una amiga mía:

 

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“Joder, otra vez he hecho elipsis hasta que estaba como una perra en celo y al final me he tirado en sueños a un PARIENTE CERCANO. ¿Con qué cara le voy a mirar en la cena de Nochebuena?”

 

Así pues, amigos, les ruego que a si ustedes tienen este mismo problema, montemos un grupo anónimo de terapia exprés justo antes de estas fiestas tan familiares. De esta manera, podremos sonreír, charlotear, cantar villancicos y ser amables con nuestros allegados. Sin angustias, sin ansiedades, con un espíritu navideño kilométrico y libre de culpa freudiana.

Nonononononono

Así

Por lo pronto, he decidido que, si voy a quedar traumatizada de por vida, prefiero no soñar nada. Se acabaron las películas. El otro día, por primera vez, lo conseguí. No hubo peli, no hubo planos, no hubo elipsis, no hubo nada. Estaba tan cansada que mi sueño fue una imagen fija. Unos rotuladores de colores. Puestos en fila. Nada más. Me levanté de puta madre.

Feliz Navidad

Feliz Navidad

 

 

 

 

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HOLOCAUSTO CHINCHE (Cuento de Lotería de Navidad)

El otro día llegué a la oficina después de tres días grabando el making of de un spot. El anuncio en cuestión es ese que llevamos dos semanas vapuleando en estas nuestras queridas redes sociales, oh yeah.

Sí, este.


Llegué al currele después de tres días del rodaje sin fin de esa fábula fúnebre de color ocre, y ni tiempo había tenido de sentarme en la silla, cuando ya había recibido un encargo de parte de las altas esferas: escribir un post para la página de la empresa relatando cómo se sintió mi ingenuo corazoncito al presenciar lo que ellos gustan de llamar “el anuncio del año”. Yo, que soy una chica obediente y que sé inclinar ligeramente la barbilla en un gesto de sumisión y acatamiento de órdenes pero sin perder cierta inteligencia en la mirada y con una pizca de resistencia inicial, en plan “lo voy a hacer, pero no te creas que soy tu esclava” (me gustaría saber cómo se ve este gesto desde fuera; quizás la cara de una parturienta a media contracción resulte más agradable y descifrable), dije “SÍ, CÓMO NO” y me senté con los deditos en el teclado y la vista fija en el Word en blanco.

Tal que así.

Tal que así.

Intenté pensar en el mágico momento en el que mis ojos se encontraron con los de Raphael (o con los de, como mucha gente ha comentado, el diabólico androide doble de Raphael) para entrevistarle, en las velas iluminando las bellas calles de piedra, en Marta Sánchez con sus dorados bucles movidos por la máquina de viento, en Niña Pastori alzando su voz flamenca con fuerza y tronío, pero nada.  Mi mente, en general, tiende a seleccionar sólo la basura, los rastrojos que rodean lo valioso. Soy como esos gatos que tienen muchos juguetitos, pero que al final prefieren una bolsa de basura y un rabo de lagartija ya inmóvil. Y ese rastrojo, ese basuramen que ocupaba mi mente, era un hombre cuya historia brillaba en mi recuerdo más que las chispitas esas mágicas del anuncio.

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El amor por lo rastrojil: En una bella calle de Budapest, mi querida amiga Señorita Basura y yo nos extasiamos al unísono ante esta colilla alada. No nos lleven de viaje, simplemente arrástrennos por el suelo.

Era este hombre del que hablo un ser acabado, roto por la mitad, de aspecto descuidado y tez abrasada por el sol que despedía una extraña fluorescencia rosada. Debía tener unos 30 años y acababa de estar grabando un programa en un país africano que no me supo especificar (de ahí la rosada fosforescencia) y ahora hacía no sé qué en este rodaje del anuncio del Averno. En las pausas para comer, siempre mucha carnaza en un mesón del pueblo, bebía lentamente del orden de botella, botella y media de tintorro. Una de las noches, tras la cena, me quedé un rato hablando con él, y, como soy indiscreta por naturaleza y no sé callarme mi curiosidad por la automedicación ajena, le pregunté que cómo bebía tanto.

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Flipando con que en bibliotecas de imágenes vengan fotacas de este calibre.

Y él, con franqueza y cerrado acento gallego, me dijo que era muy desgraciado. La historia de su drama era como sigue:

Chico conoce a chica. Chico se enamora de chica, y viceversa. Se aman locamente. Se van a vivir juntos. Un día AMANECEN LLENOS DE RONCHAS.

La etapa previa a la roncha

Amáos ahora que podéis, que luego puede que vengan las ronchas.

Y ahí comienza una espiral de paranoia y aprensión. Tras indagar un poco, descubren que tienen CHINCHES en casa. Lavan la ropa con agua caliente, sacuden los libros, llevan los edredones a la tintorería. Aún son optimistas. Mientras lo hacen, se ríen de su propia desgracia con el optimismo incombustible de los enamorados, se dan besitos, hacen el amor sobre el colchón desnudo. Se quedan dormidos. Despiertan con más ronchas. Una vecina les dice que lo que tienen que hacer es tirar el colchón. Compran otro, pero ya no es lo mismo. Ella rehúye sus caricias. Mantienen una discusión a oscuras, en mitad de la noche, y ella, al fin, confiesa el porqué de su actitud esquiva: ha estado indagando en internet. Ay, red de redes, qué mala eres. En su investigación por los mundos del chat de plagas hogareñas, la chica ha estrechado lazos con otros usuarios, y estos la han advertido de la gravedad de la situación. Entre chateo y chateo, se ha sumergido en foros terribles, en los que personas con la vida destruida por los chinches se lamentan y vomitan su desgracia. Internet es una piscina llena de historias chinchescas espeluznantes, relatos de gente que perdió su vida por ellas o que aún lucha cada día contra el holocausto chinche.

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Una mujer afectada por el holocausto chinche nos abre su corazón en un foro chinchero

En mitad del holocausto, aún queda gente con ganas de tocar los cojones.

En mitad del holocausto, aún queda gente con ganas de tocar los cojones.

Así pues, nuestro amigo el borracho del rodaje y su chica se entregan a los consejos de las redes chinchales y pasan dos meses  lavando la ropa a noventa grados, fumigando con polvos, espráis y disoluciones, fregando con alcohol, frotando, haciendo círculos con sal, untándose en aceite antes de dormir, forrando el colchón nuevo de film de envolver bocatas, rezándole a la Virgen del Consuelo, durmiendo en el salón, durmiendo con calcetines, con la luz encendida y no durmiendo. En ese periodo sólo hay un remanso de paz en medio de la guerra constante, y ese es el momento en el que ambos deciden llamar a fumigación y sellan esta decisión con un violento beso con mucha lengua y pasión. Al día siguiente, unos amables señores de monos rojos les advierten que la cosa es más grave de lo que piensan.

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No sólo deben abandonar su hogar durante los días en el que los productos asesinos actúen, sino que habrá que tirar libros y pertenencias varias infectados de manera irreversible, desmontar enchufes y barnizar muebles. Uno de los trabajadores desatornilla sus ordenadores portátiles, dos flamantes Mac que, de forma inexplicable, hace días no funcionan, y les informa que les aconseja desecharlos inmediatamente. Los dos se acercan y observan con horror cómo las chinches pululan por las tripas de sus computadoras.

Amigos, sé que creen que no hay nada en el mundo más anticapitalista que esa loca furiosa que vende calcetines por Lavapiés y que nos atemoriza a todos con sus gritos de “¡Agárrense las carteras, que viene el Papa!” y “¡Papeles para todos o todos sin papeles!”. No sé si saben que además de vez en cuando arremete contra los grupos de gente que la miran molestos y, valiéndose de una charla de agresivo anarcoanticapitalismo sin puntos ni comas, les desmonta su  vida de jóvenes molones en dos segundos. No es que no esté yo de acuerdo con el griterío de esta señora. Pero hay algo en su ser que me perturba: en este preparado de odio que me produce su persona hay tres gotas de “déjame tomarme mi cerveza EN PAZ en mi pequeño paraíso burgués tras mi jornada de trabajo neoproletaria, vieja loca”. El resto es todo culpabilidad, sentimiento de contradicción conmigo misma y ganas de potar lo que me he bebido y marcharme a casa para a la mañana siguiente tomar un Alsa rumbo a un pueblo autogestionado. Pues no. Las grandes abanderadas del anticapitalismo son las chinches. ¿Y eso por qué? Porque no son enemigas únicamente del capitalismo activo y cabalgante, no es que se oculten en esas toneladas de ropa absurda del  Lefties que nunca te pondrás, sino que pierden el respeto ante esa bella talla de madera con forma de fallera que heredaste de tu abuelo y tu libro dedicado por Fernando Arrabal. Se pegan a las páginas de tus antiguos diarios y se acurrucan en el interior del disco duro que alberga tu novela recién terminada. Los chinches son la prueba definitiva ante la riqueza material. Si te pillan por banda, ya puedes asegurarte de tener un alma plena, un buen amueblado interior, una memoria repleta de grandes instantáneas de tu vida, porque lo que es la manifestación física de todo eso corre grave peligro de fenecer quemado en una pira de humo negro.

Todo a la hoguera, incluso su cariñosa dedicatoria.

Todo a la hoguera, incluso su cariñosa dedicatoria.

En este punto de la historia, el chico ya se ha plimplado una botella de vino, y afuera, en la plaza de Pedraza, se oye el playback de la canción de la lotería de Navidad. Montserrat, bien apuntalada en una banqueta imperceptible para el que la vea de frente y que le permite no desmayarse por el peso de los años, hace como que canta. Pero a nosotros nos da igual. El chico sigue hablando. Con la lengua pastosa y el acento cada vez más gallego, me relata el terrible MOMENTO DE ECHAR LAS CULPAS EN EL PROCESO CHINCHE:

-¿Pero cómo han llegado las chinches a casa?-pregunta ella.

El operario de desinsectación le dice que hay muchas posibilidades, pero que en general estos animalillos de Belcebú se cuelan en los hogares de la siguiente forma: vienen escondidos en maletas desde hoteles de mala muerte o bien viajan hasta el hogar ocultos en muebles recogidos de la basura. Los dos evitan mirarse para que no afloren chispazos de reproche. Él, hace dos semanas, estuvo hospedándose en una pensión durante un rodaje. Ella, hará un mes, y enfebrecida por una recién nacida pasión por la restauración de muebles viejos, subió una cómoda de la basura. Los dos piensan que el culpable es el otro. Pero, al mismo tiempo, tienen breves momentos en los que sienten que la culpa puedo haber sido suya, y esa culpa no les deja sentirse merecedores del amor que el otro les profesa (o les profesaba).

En las confesiones del foro chinchero pueden apreciarse sutiles pinceladas de culpas echadas a uno y otro lado

En las confesiones del foro chinchero pueden apreciarse sutiles pinceladas de culpas echadas a uno y otro lado

 La idea de deshacerse de sus pertenencias les hace caer en un estado de histeria, pero lo que realmente desborda la situación es lo del barnizar los muebles. Este último dato resulta especialmente espeluznante. El de fumigación les explica que el barniz se aplica de modo que las chinches, que han entrado en la madera como Pedro por su casa, QUEDEN ATRAPADAS DENTRO DEL MUEBLE PARA SIEMPRE Y MUERAN ALLÍ. ¡Horror!

¡Rápido! ¡A barnizar!

¡Rápido! ¡A barnizar!

El chico del rodaje ya lleva una botella y media. Estamos prácticamente solos en el restaurante, así que no disimula su cabeceo de borracho mientras me cuenta que fue lo del barnizado lo que llevo la cosa a su límite. Los de fumigación se habían ido a buscar el equipo para comenzar el proceso, y ellos se habían quedado frente a frente, sentados en las sillas con el barniz ya seco. Yo, que gusto de inyectar dramatismo a situaciones ya de por sí desastrosas, me digo para mis adentros: ¡ENTRA MÚSICA! Y, en mi imagen mental de la historia que me cuenta el chico, Jeanette empieza a cantar con su vocecita de niña consentida:

El chico y la chica, sentados en las sillas con el barniz seco, se miran a los ojos y les invade una tristeza insoportable. ¿Comprenden, señores? Los dos lanzan rayos malignos de reproche (fuiste TÚ quien trajo la plaga que asoló nuestra vida y nuestro amor), y, al mismo tiempo, les horroriza la idea de haber sido los culpables del chinchismo que ha destrozado sus existencias. Son como sendos enamorados sidosos que temen al otro y a sí mismos. Mientras esto sucede en sus mentes, bajo sus cuerpos, en los butacones, entre las vetas de la madera, hay un ejército de chinches con estertores, que lucha un poco más antes de morir de inanición al no poder traspasar la barrera del barniz. Él nota incluso un hormigueo, probablemente psicológico, pero lo nota. La idea de vivir con esa mujer que tiene ante sí, y de cenar el resto de sus días sentados en dos elegantes butacones rellenos de cadáveres de chinches le provoca sudores fríos. Así pues, el joven se levanta del butacón, da dos besos a la mujer que un día amó, y se va. Ella acepta de buen grado este acuerdo silencioso. Fin de la historia de amor.

Fin.

Fin.

Y delante de mí tengo a este hombre desposeído, que, tras contarme esta historia, me dice: “Que no te engañen, sin cosas no somos nada. Te lo digo yo, que lo perdí todo, incluso a ella. Es así”.

Se encoge de hombros. En la plaza, Marta Sánchez hace como que canta. El playback atruena. Los figurantes se mueven con un leve balanceo, ateridos de frío bajo la leve llovizna. Llevan velas en las manos. Sus ojos brillan con fingida emoción. La iluminación, creada casi completamente con unos aparatos que lanzan una ristra de llamas de fuego cimbreantes, ilumina la escena. Bajo del restaurante y me dispongo a seguir currando, pero me detengo de pronto. Las llamaradas de la iluminación se reflejan en mis ojos, y, por un momento, soy perfectamente consciente de que tengo la mirada de los dementes que planean un crimen. Me doy cuenta, además, de que a partir de este momento navego en el barco del rodaje del anuncio como polizón y no como, hasta ahora, grumete que duerme en cubierta.

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Mi corazón ha pasado de lleno al bando de los desposeídos, y la emoción del artificio audiovisual se me evapora absolutamente. Porque, y lo he visto bien claro, la emoción está en esa historia que acabo de escuchar, en ese amor siendo carcomido por una plaga de insectos hemípteros. Es ese hombre destrozado el que debe asomar tras el árbol de Navidad y unir su voz a las de un nutrido grupo de desgraciados, y no estos teleñecos que nos han puesto.

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El último día de rodaje mis tripas ya se habían rebelado ante ese monstruo que es la pirámide de las clases sociales laborales. No es que allí sucediese nada irregular que no suceda en cualquier otro rodaje o ambiente laboral, simplemente mi espíritu aún es inocente y se espanta ante la injusticia y el absurdo como lo haría una joven novicia ante el cuerpo desnudo de un hombre inusualmente feo y peludo. Lo más chocante era esa opulencia y ese respeto reverencial que rodeaba a las estrellas, esa forma de caminar siempre rodeados de un corrillo de protectores, siempre dignos y algo asustados, con esos ojillos vacíos y de pupila fija que tienen algunos famosos. Encima tuve la fortuna/desgracia de encontrar traspapelados algunos documentos de rodaje, en los que se especificaba el salario de una de las estrellas. He sido criada en el bien y la bondad, y yo les digo que eso ni estaba bien ni era bueno.

No diré cifras

No diré cifras

Y entonces, en mi mente siempre ansiosa de microterrorismos, comenzó a germinar la semilla del mal: ¿Por qué no soltar dos chinches, un macho y una hembra, y que Montserrat, Marta o quizás Raphael partan con ellos en sus maletas, como si de un Arca de Noé del mal se tratase? Una vez en mansión, las chinches retozarían alegremente por los mullidos colchones de látex y los almohadones bordados, penetrarían entre la pedrería de los exclusivos vestidos y se colarían en la línea divisoria de la parte roja y la parte negra de los Loboutin. Cientos de trajes de chaqueta hechos a medida echados a perder, kilómetros de parquet a la mierda, proyectores y gigantescas pantallas planas quemadas en una enorme fogata. Y ellos de pie junto a la hoguera, asistiendo al espectáculo de su desposesión, con las llamas reflejadas en esos ojos vacíos y de pupilas fijas que tienen algunos famosos.

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COÑO PELAO

No se imaginan, señores, lo que me ha costado escribir esos dos palabros de ahí arriba. Se me ponen los dedos artríticos de bochorno y vergüenza. Y no porque vaya hoy a hablar aquí de chuminos calvos y eso me llene de pudor, sino porque esas dos palabras han hecho tambalearse mi mundo en el desfiladero de la vergüenza y el escarnio público, hasta el punto de que no soy capaz de pronunciarlas a viva voz. Y ya saben ustedes, si han leído entradas anteriores, que no soy una mojigata del lenguaje, pero últimamente veo mi mente perturbada por un extraño fenómeno social de mi entorno. Este patrón de comportamiento que me tiene el alma trastornada se produce en el mundo del audiovisual en general y en mi oficina en particular. Consiste en lo siguiente:
Si uno vuelve de, por ejemplo, presentar un proyecto a otra empresa, y el proyecto en cuestión ha gustado, en lugar de decir: “Qué éxito, qué bien, les ha encantado”, se dice:
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Y si se prepara un formato para el que uno augura buena acogida, en lugar del gracioso y castizo “Les va a molar mazo” de toda la vida, se dice:

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Imaginen este lenguaje en gente seria con camisa y americana y a veces incluso corbata, seres que jamás airean sus asuntos privados y de los que, en ocasiones, uno ni siquiera conoce aspectos básicos de su vida personal. Y ahí están, apoyados en la fotocopiadora, comentando:

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Situaría el bochorno sentido al escuchar estas conversaciones en el 9,3 de la escala Richter de vergüenza ajena, sólo una décima por debajo del pillar a los padres en un momento sexual.

Al principio, tras la sorpresa inicial, este lenguaje resulta cuanto menos perturbador. A medida que la cosa avanza y se van escuchando más y más frases obscenas para referirse a la aceptación de un cliente o al éxito de un proyecto entre las personas del departamento de marketing de nosequé, uno se va tensando cada vez más y empieza a notar que el único camino posible es lanzarse también a esa orgía verbal. Eso pensé yo: Adaptarse o morir. Y me di unas palmaditas a mí misma, animándome a entrar en el juego. Porque yo, hija de esta sociedad tribal, vivo obsesionada por el deseo de ser parte de algo, de ser aceptada en cualquier secta, aunque el fin último de esta sea enviar mis órganos internos al otro lado del Atlántico en una neverita llena de hielo picado (hielo frappé, creo que se llama). Vivimos en un mundo individualista, triste y acolmenado en el que, paradójicamente, la única salvación es apiñarse en sudorosos grupos, palmotearse las espaldas, aprobarse los unos a los otros, sentirse abrazado al menos por una pequeña masa. Cuando se es pequeño, este furor grupal es sencillo. Uno es de 2º B, se siente de 2º B hasta la médula, ser de 2º B es como el ADN vasco, una lava candente que corre por las venas y que lo hace sentirse seguro y arropado entre iguales, bien apretujado en la fila antes de salir de excursión, mirando o ignorando ferozmente a los del A y el C, gritando “Parvulito, huevo frito” a los pequeños en plan jauría enloquecida, y otros tantos rituales tribales por el estilo.

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El complicado sistema de castas de la primaria: Se aman con una pasión febril desde segundo de guardería, pero lo suyo es imposible porque ella es del C y él del A. Un purasangre JAMÁS se mezcla.

Una vez se va llegando a la adultez, la cosa se torna complicada. La gente va cambiando, los amigos se separan, y, cuando uno se da cuenta, está pasando su vida a solas en largos viajes en transporte público. Son muchos los adultos que, embriagados por la nostalgia de los tiempos de 3º A, ansían volver a sentir el espíritu de pertenencia. De hecho, después de verano he podido observar una proliferación de sectas callejeras, cultos con atractivos nombres que invitan a unirse y disfrutar a tope hasta que llegue el momento en el que haya que donar las córneas o le explote a uno el cóctel molotov casero en todo el rostro.

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Komando Aturdido: Nombre sonoro, que produce una fácil identificación, con notas nostálgicas que evocan tiempos de anárquica adolescencia, pero sin perder una conexión directa con este presente por el que vagamos sin comprender nada, en estado de perpetuo aturdimiento.

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Neumotórax Hooligans: Un nombre que entra a trompicones en tu mente y se queda para siempre ahí agazapado. ¿Jóvenes violentos armados con bates? ¿Futboleros que se golpean el pecho hasta la muerte para dar muestras de su forofez? La única forma de averiguarlo es incluirte entre sus filas.

No puedo negar una cierta atracción por estos simpáticos grupos de ocio organizados, pero me dije a mí misma que la revolución tiene uno que empezarla desde lo más cercano, así que no me iba a poner a intentar integrarme en un grupo neonazi sin antes haber conseguido hacerlo en mi oficina.

Así que allí estaba yo: Dispuesta a decir todo tipo de barbaridades para sentirme integrada en mi lugar de trabajo. Pero no había manera. Volvía de una reunión y mi jefe me preguntaba qué tal me había ido. Y entonces se me cerraban las compuertas del habla. Sabía que sus oídos sólo iban a verse colmados  con un:

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Pero enrojecía hasta la raíz del pelo y musitaba débilmente: “Mmmbien…”.

"La reunión ha ido muy bien"

“Mmmbien”

Yo siempre sacaba nueve en inglés y ocho con cinco en francés. Pensaba que se me daban bien los idiomas, joder. ¿Qué ha pasado ahora? De pronto, sin darme cuenta, me he quedado fuera de este microdialecto, y ya no hay manera de incorporarme. Soy Mowgli entre los lobos. Me aceptan, pero en el fondo no soy de su especie y están esperando a que me relaje para comerme. Mis compañeros ya van por el Upper Intermediate de lenguaje obsceno laboral, y yo, por más que lo intento, no puedo ni presentarme al First. No me sé ni los verbos irregulares de esta jerga infame. Y noto que las relaciones se enfrían y la camaradería se va apagando. A ellos los unen esos estrechos lazos de jocosas obscenidades. Yo me quedo en un lado, sentada en mi banquetita de chica monjil, sonriendo bobamente cada vez que alguien suelta alguna de las buenas.

"La reunión ha ido muy bien"

“La reunión ha ido muy bien”

Y el otro día, al fin, en una celebración oficinera, con el cerebelo fermentado en alcoholes y el ánimo bien dispuesto, decidí soltarme. Me encontré, sin saber cómo, en un círculo en el que se encontraba el presidente de la empresa. Este señor se puso a hablar de una mujer de otro departamento (una mujer que, además, va al mismo gimnasio que yo), y, refiriéndose a la cantidad de tiempo que llevaba esta señora dejándose la vida en la empresa, el presidente dijo “Lali tiene el coño pelao” (porque así se hace en esta microjerga: cuando alguien es veterano y experimentado en algo, se dice que tiene el coño pelao o los huevos pelaos, o bien canas en el coño y más cosas por el estilo que a mí me suenan a chocho rancio y sarna genital). Y allí, con los parietales palpitantes de licor, sentí una breve iluminación libertina y salvaje, y dije con tono humorístico:

“No lo tiene pelao, hombre, que vamos juntas al gimnasio y se lo he visto en el vestuario”.

No sé si llegué a completar siquiera la frase. Antes de darme cuenta, el horror se apelotonaba en mi mente y todas las miradas huían de mí (porque, al contrario de lo que se muestra en las películas, en la vida real uno nota cuándo la ha cagado porque la gente no le mira y se dispersan como cucarachas resguardándose del Cucal).

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¡Cobardes!

Mi primera y única reacción fue acomodarme con mi copa en un rincón bien oscuro y rumiar mi vergüenza y mi congoja en un soliloquio para mí misma:

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Lindsay rumiando la congoja

Me decía a mí misma: “Ah, que de lo que llevábamos hablando todo el año era de coños de mentira, de erecciones simbólicas, de canas de Típex… todo era un atrezzo, símbolos, obscenidad de cartón piedra. Como si al caer abajo el pornográfico cartel de unos cines X, sorprendiéramos detrás a una viejecita haciendo croché, que sólo usaba el cartel para resguardarse del sol. Pero, en cuanto se me ha ocurrido traspasar el estrechísimo pasillo que dejan vuestros símbolos y he hablado, aun habiéndolo hecho de forma claramente humorística, de un COÑO DE VERDAD, el tinglado se ha caído entero sobre mi cabeza”

La gente me miraba desde la fiesta y cuchicheaba.

Total, que mañana me afilio a Neumotórax Hooligans.

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TUS FALTAS DE ORTOGRAFÍA HACEN PATALEAR AL NIÑO DIOS

Queridos amigos:

La cosa está muy mala. La sociedad va a la deriva, y hasta la gente seria y de bien, al despedirse en sus mails, pone SL2, en lugar de SALUDOS. Y por no hablar de la juventud… El otro día, al indicarle a una moza que en su trabajo de fin de carrera debía poner signos de interrogación al principio de la frase, y no sólo al final, como había hecho, me preguntó: ¿Pero con interrogación al principio no queda en plan COMO PREGUNTANDO DEMASIADO? Palidecí. Me levanté y salí fuera a que me diese el aire. Pero no hay aire que solucione este caos gramatical. Si acaso un pedo colosal que nos extermine a todos.

Así pues, me veo obligada a continuar esta tarea que un demonio ortográfico insufló en mi cerebro en el momento de nacer, con la fontanela aún blandita. Y como sé que a ustedes les gusta el ñaca ñaca (espantoso término que me hace ruborizarme mientras lo escribo, pero que hay que rescatar, ahora que se lleva tanto el feísmo) más que a un niño un aperitivo de plastilina, me veo obligada a seguir avanzando en mi labor evangelizadora, impregnando escenas sexuales con un didáctico mensaje de corrección ortográfica

Si, llegados al final de este mail, sólo la tienen morcillona, si han visto el último dibujo y sus jugos corporales no se han visto mínimamente alterados, pueden buscar una imagen que corresponda a sus fantasías más íntimas aquí y aquí.

garaje

si sí

falleras

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La maruja común cotillea en la pelu; la postmoderna tiene un blog.

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