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POLTERGEIST VINTAGE (THE MARGIE BEACHAM PROJECT)

        –          Tira esas mallas, nena, que están dadas de sí.

          Sí, hombre, para que dentro de dos días las vea en un escaparate de Velarde a 35 euros. Antes las corto en trozos y me las como.

¿Cuántas conversaciones de este calibre no se han dado en nuestras mentes de capitalismo rácano y acumulación?

Porque la cosa está así, chica: Tú tiras tus mallas mugrientas, harta de ponértelas, y cualquier chalada las recoge y las vuelve a amar, las hace suyas, su culo triunfa enfundado en ellas, echa un quiqui, conoce al amor de su vida… todo eso con unas mallas que a ti sólo te trajeron el gran disgustazo, un día que te vino la regla en clase de inglés, manchaste la silla y encima ese día venía Telemadrid a grabar un reportaje sobre adultos que se lanzan a aprender idiomas y tuviste que huir abochornada (por poner un ejemplo aleatorio e IMPERSONAL). Con esto del vintage, la vida de las cosas se prolonga eternamente, hasta un punto tal que la ropa es más valiosa cuando ya es una telilla mugrienta.

Así que en estas estamos: El mercado de lo vintage cada vez más en alza, las cosas con historia cada vez más valoradas y, consecuentemente, el hogar del jovenzuelo pseudoburgués cada vez más lleno de MIERDA de segunda mano y de basura de la calle y cualquier mierda recogida del suelo (tirando una servidora la primera piedra, una piedrita pómez recogida en una playa de Croacia allá por el 2009). Pero la cosa no puede ser tan fácil, no saldremos impunes de ese vertedero que tenemos por casa; ese remix de diferentes épocas con el que convivimos se revuelve como el demonio en el pecho de Regan.  Todas esas almas en pena tienen que estar revueltas, y, necesariamente, les dará una arcada cada vez que se rocen unas con otras.

Explicaré esto de la arcada echando un vistazo a mi alrededor: un sombrero alemán de los años 30 conviviendo con un plantel de accesorios de Pin y Pon pertenecientes a un hogar toledano de los 90. Combinación imposible, que debe repelerse por necesidad.

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Der Herrenhut

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El vertedero de Pin y Pon

 ¿Qué pensará ese aura espirituoide sombreril del Tercer Reich cuando mira directamente a los ojos al fantasma de la muchacha francesa que un día, años ha, entrenó duro con ese vestidito de tenis, enseñando cacha?

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El vestidín

Y, lo que es peor, ¿cómo se revolverán las auras de todos estos objetos al compartir cuarto con la promoción completa de Enfermería de la Universidad de Zaragoza del año 60 y algo?

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Hola, amigos

Confieso que el mío se trata de un caso extremo de ajuar basura, pero seguro que también ustedes tienen objetos de parecido calibre en sus hogares. ¿No será contraproducente y peligrosa esa mixtura de reliquias de diferentes épocas y lugares ? Algo así como tomar NARANJAS CON LECHE (aunque luego mira los de Pascual Funciona, que mezclan la leche y la fruta a lo loco, después de tantos años de pensar que se cortaba en el estómago y te morías).

MEME MAR PASCUAL FUNCIONA

Está más malo que un dolor, pero cortarse no se corta.

Lo curioso es que, habiendo visto tantas películas tipo “se compra un collar antiguo mesopotámico, se lo lleva a casa, y de pronto un mal espíritu toma su cuerpo y blablablá”, no tengamos pavor de quedarnos solos en el hogar con toda esa basura de gente muerta, y que una secuela de “Stigmata” nos estalle delante de las narices, en nuestro pisito de Cuatro Caminos o Pitis. Yo, aunque miedosa empedernida, nunca había pensado en esto, y vivía feliz entre mis montañitas de preciosa basura, hasta que un día, este verano, rebuscando en el cajón de los saldos de una VINTAGERÍA (españolicemos el nombre de una santa vez), encontré una joya maravillosa: el trapo en cuestión era un mono corto azul de tela recia con un nombre bordado a mano en la pechera. Véanlo con sus propios ojos:

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La verdad es que el mono me hace más culona aún y parezco una monitora de la Sección Femenina de la Falange, pero el bordado lo arregla todo.

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El bordado del pecho

Yo estaba encantada con mi nuevo y misterioso trapejo. Nada más llegar a casa me lo puse, encantada, e hice posturitas y selfies varios delante del espejo. Acababa de mudarme, estaba de vacaciones y sola en casa, así que decidí echarme una siesta maravillosa, de las de despertar medio borracha, sorbiendo baba. Qué equivocada estaba con esa siesta. Más o menos en el clímax de la siesta, es decir, en el momento en el que el hilo de baba iba a empezar a expandirse por la almohada para formar circulillo , sentí claramente cómo una señora entraba en mi habitación, muy alterada, como viniendo directa a arremeter contra mí. Abrí los ojos aterrada. Por supuesto, allí no había nadie y todo había sido producto del sueño profundo y los calores. Pero la semilla de la inquietud ya se había plantado en mi mente, que siempre está bien abonada con caca de caballo para este tipo de miedos absurdos.

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Mi mente

No soy yo de vivencias paranormales y fantasmagóricas. Para explicarme bien, diré que para mí  lo paranormal es como la heroína: Creo en ello, me parece que tiene que ser un subidón y una experiencia religiosa, pero me abstengo porque me cago la pata abajo. Así que me desperté, intenté sacudirme el terror y limpiarme la baba, me cambié de ropa y me fui de jarana. Pero como en mí habita una niña eternamente asustada por los espectros, antes de irme cogí el mono azul y lo colgué en la terraza, en un intento de limpieza espiritual. Cuál fue mi sustazo cuando, a la vuelta de la jarana, entrando en mi calle, beoda y confusa, tropecé con algo que se enredó en mis pies, y el obstáculo resultó ser el puto mono azul, esperándome, tiradito en la acera. Del susto se me bajaron los alcoholes en sangre. Me subí el mono a casa. ¿Qué otra cosa podía hacer? Me daba miedo tirarlo a la basura y que saliese propulsado y se me enredase en la cabeza hasta provocarme la muerte por asfixia. Conseguí dominar mi terror y dormirme cantándome a mí misma villancicos en euskera entre temblores, que es algo que siempre funciona porque, si los cantas con subidones y bajones de volumen, suenan a contraconjuro salvador. Al día siguiente tenía fiebre, la garganta color lacón a la brasa y el pecho lleno de manchas rojas. Me sentía totalmente maldita, tomada por la mala hostia del espíritu que fuera dueño del mono azul. Pasé unos días muy malos, aterrorizada, buscando cada noche alguien que viniera a quedarse conmigo, y poniéndome pañitos helados en la frente, cagándome en los peligros desconocidos del vintagismo.

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Con esta fiebre y 40 grados a la sombra, la Margie Beacham del mono azul se le aparece a cualquiera

 

Nada más curarme, decidí practicar un exorcismo de choque. Me puse el mono azul y me fui a una fiesta. Entre toses residuales y últimas tomas de antibiótico, esa noche me desquité de los días de encierro y sudor al estilo del más absurdo Flashdance: gané un concurso de baile.

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Sin ser yo nada de eso

Hecho esto, decidí que el demonio vintách estaba fuera de mi cuerpo, que había vencido la barrera del mal y podía volver a vivir tranquila. No obstante, mi alma nunca está tranquila cuando los caminos del Señor son escrutables y llanos, así que me entregué a una tarea absurda e imposible: Encontrar a Margie Beacham, la dueña de aquel mono azul.

Escribí una carta tipo en mi rudimentario B2, una carta que decía tal que así:

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Básicamente, me hice la nena romántica y dulce, dándomelas de artistoide simpática, y se la envié a todas las Margie Beacham y Margaret Beacham que encontré por Facebook, Linkedin y aledaños:

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La Margie que vive una segunda luna de miel en el Algarve sin niños que empastillar de por medio, y se carcajea con su marido al saberse los dos viejales buenorros y saludables

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La Margie orgullosa de sus cachorros

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La Margie aventurera y alada

La Margie Beacham pintora. Esta fue bastante jodida, porque en un principio me dijo que el mono podía ser suyo, y yo, ansiosa por ser simpática, fingí que me gustaban sus terribles cuadros del mar de Nantuckett.

La Margie Beacham pintora. Esta fue bastante jodida, porque en un principio me dijo que el mono podía ser suyo, y yo, ansiosa por ser simpática, fingí que me gustaban sus terribles cuadros del mar de Nantuckett.

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La Margie amante del trasnochar y el colirio de dilatar pupilas

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La Margie aficionada a las crías de mono coloradas

Y quedé esperando, en mi hogar desexorcizado. Esperé meses y meses. Cada cierto tiempo, recibía un “Sorry, but this is not me”. Algunas, como la Margie aventurera, respondieron cosas bellísimas, alentándome a continuar la búsqueda.

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La Margie aventurera y alada siempre fue mi favorita

Ya había abandonado las esperanzas y cambiado el mono azul por calzoncillos largos, peto de pana y polainas, cuando, hace una semana, la verdadera Margie Beacham respondió a mi correo. Lágrimas de emoción y espera se encontraron con un muro de antipatía y sequedad. Margie Beacham, que no era ninguna de las anteriormente mostradas en las fotos,  en un correo de dos líneas heladas, me decía que sí, que ella era la antigua dueña del mono. Punto. Nada más. Ni un triste “thanks”, ni un mustio “hi”.

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Hasta la familia Manson dice “hola” y “gracias” antes de abrirte en canal

A los dos días, un nuevo mail. “I want my jump suit”. Nada de “¿Podrías enviarme mi mono azul? La verdad es que me haría una ilusión tremenda recuperarlo”. Nada de “Oh Dios mío, qué recuerdos, qué emoción”. Nada de eso. Sólo un “Quiero mi mono” y una dirección. La Margie era una maleducada y estaba para pocas bromasComprendo las ansias del ser humano por recuperar sus zarrios antiguos, pero en el requerimiento de la Beacham no había ni una chispita de la nostalgia risueña que yo esperaba. Sus correos parecían gritar: “Zorra, devuélveme lo mío. Me la suda el mono, me da igual tenerlo o no. Lo que no quiero es que lo tengas tú”.Ni que decir tiene que quedé triste y alicaída, sin saber qué hacer ni qué enseñanza sacar de todo esta mierda. No quería entregar el mono. Era mío, yo lo había encontrado. Yo había ganado un concurso de baile con él puesto. Si lo tenía que entregar, por lo menos necesitaba una historia maravillosa a cambio. 

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Y mientras tanto estos apañados venga a sacar y a sacar historias truculentas y llenas de encanto y merchandising hasta debajo de las piedras. ¿Por qué tenía mi historia que empezar y terminar así de rápido y mal?

Seguí de bajón hasta que la moraleja vino a mí con toda la fuerza. Mi amiga Sara V.F, una eminente científica, vio por la calle la siguiente estampa y la fotografió:

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 En el escaparate de una vintagería, este lindo minino comía con ansia y desagrado su propio vómito aún calentico. Mi mente se iluminó un poco y comprendí el mal que asolaba el cerebro de la Margie Beacham, así como de la mitad de esos pobres zombies de la basura propia y ajena que estamos hechos. Nos da igual que nuestros zarrios estén raídos y sucios. Somos capaces de tirarlos a la basura, pero, si alguien se interesa por ellos, corremos raudos a recuperarlos. Somos capaces de gritarle desde la ventana al que rebusca en la basura: ¡Eh, tú, que esa mierda es mía! Queremos nuestras cosas viejas y las de los demás. Margie Beacham no es más que una gata británica gorda y vieja que, en su pueblo de Lancashire, quiere que le envíe su mono azul para comérselo, vomitarlo y volvérselo a comer. Y no es diferente del resto de nosotros, que lo único que queremos es regurgitar nuestras cosas ya usadas y comérnoslas de nuevo en un ciclo sin fin. 

 

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